Suelo meditar mucho sobre las cosas de la vida y este año lo he hecho más como consecuencia de un padecimiento que me ha recordado diariamente lo pesado que resulta cargar el cuerpo y lo vulnerables que somos cuando nos enfermamos.
Estas reflexiones necias son el producto de cargar con un cuerpo que me recuerda a diario mi mortal condición. El obligado paso por los médicos y las clínicas, los exámenes que suelen ser desagradables en su mayoría, el misterioso lenguaje de los galenos que a un tumor le dicen adenoma y todo lo que conlleva estar enfermo es realmente patético.
Con la vejez llegan las enfermedades catastróficas y eso es inevitable, pues como lo definiera un médico geriatra que conocí, la vejez es una enfermedad fatal e incurable. Y qué rápido llegamos a ella tratando de hacer muchas cosas que se van quedando inconclusas por el mismo rumbo que la vida va cogiendo o que uno le va dando.
Se nos pasa la vida tratando de entender la condición humana de las personas que nos rodean, o simplemente entendiendo que cada uno de nosotros es tan complejo que no hay manera de conocer a alguien realmente cuando ese alguien no se conoce a sí mismo.
Nos sorprendemos con las actitudes de los demás cuando sacan lo peor de sí para tomar sus cotidianas decisiones, y a veces, nos vemos a nosotros mismos decidiendo sobre asuntos que no podemos controlar, pues no existe manera posible de que podamos manejar todo cuanto nos acontece o nos rodea.
Las enfermedades son la condición necesaria para entender qué tan frágiles somos y qué tan mal o bien rodeados hemos estado. Cuando estamos sanos se nos acercan muchas personas con sus propias y mezquinas agendas para ver cómo sacan provecho. Pero cuando caemos postrados sólo nos quedan, por fortuna, nuestras familias inmediatas y los viejos amigos con los que uno seguramente jugaba cuando niño. Los demás van y vienen como sus necesidades se los van indicando.
Difícil resulta entender aquella frase de que uno nace solo y muere solo. Y sólo cuando la procesamos entendemos que eso es así y que todo lo que nos rodea en nuestra larga o corta vida es más temporal que nuestra propia existencia.
Se acaba pues este año, por fortuna, y en vez de maldecir agradezco a la vida que me ha permitido sacudirme de personas indeseables, de situaciones ficticias, de ritos sociales y compromisos agobiantes y, en general, de todos los fardos que fui recogiendo en estos 54 años de vida. De entender que entre más concesiones les hacemos a los demás, más vamos perdiendo nuestra libertad e independencia.
Por eso es que me tomo el atrevimiento de compartir estas reflexiones con quienes tienen la paciencia de leerme los domingos, ya que tal vez pueda convencer a alguien de que se detenga, medite, reflexione sobre el camino que escogió y se pregunte si está rodeado de las personas y las situaciones que quiere o, como me pasó a mí, acabe enredado en un mundo al que no pertenecía. ¡Y Feliz Navidad para todos!