Amanecimos los colombianos el viernes con el premio Nobel que la academia sueca le otorgó al presidente de la República, Juan Manuel Santos. Este reconocimiento no es solo para él, lo es para el pueblo colombiano como lo dijera la vocera de los premios.
Sin lugar a dudas Santos ha trabajado como nadie más en Colombia en favor de la paz. Por eso resulta tan difícil entender que los colombianos, por 53 mil votos, hubieran dicho No a los acuerdos de paz suscritos entre el Gobierno y las Farc. Por supuesto que muchos votaron a conciencia, otros los hicieron engañados por las campañas de desinformación orquestas por el gerente de la campaña Juan Carlos Vélez, tal como quedó demostrado esta semana después de que él mismo confesara, sin escrúpulos, la manipulación a la opinión pública.
No me sorprende, sin embargo, que haya compatriotas que piensen que el presidente no se merece el premio. Esta semana ha puesto de manifiesto para muchos la mezquindad de algunos colombianos cuando se manifestaron en contra de que Santos hubiera ganado el Nobel. Cuando se trata de odiar por razones políticas parecería que no hay ningún filtro. El mismo expresidente Uribe trinó felicitando al presidente, pero no se quedó con las ganas de echarle sus pullas a lo acordado en Cuba.
Esa permanente actitud de odiar del senador Uribe y algunos de sus seguidores realmente se torna bastante mamona. Pensar que el Nobel de paz equivale al premio como el gran colombiano, que se ganó Uribe, pues realmente es un disparate.
Con todos los tropiezos que ha tenido el proceso de paz sin lugar a dudas la perseverancia del presidente Santos es loable. Ha puesto todo el prestigio de sus dos administraciones en el tema de la construcción de esa anhelada paz estable y duradera. Y eso, sin lugar a dudas será lo que lo haga pasar a la historia. El proceso acabará culminando bien para todos. De eso no me cabe la menor duda. Pero para eso es menester que los expresidentes Uribe y Pastrana muestren, de verdad, si están pensando en el país o andan trabajando en razón de sus enormes egos.
Me podrán llamar enmermelado, y eso por supuesto no me importa, pero de lejos el presidente Santos ha hecho por el país y su paz lo que nadie había hecho antes. Con reparos a los acuerdos, o sin ellos, Santos va a pasar a la historia por ser el presidente de la Paz, duélale al que le duela.
Ojalá lo que sigue en el proceso se haga lo más rápido posible, pues el desgaste es brutal, para los negociadores, la guerrilla, el proceso mismo y el país.
Santos tenía claro desde hace muchos años que le metería toda la ficha al tema de la paz. Hoy el mundo lo admira y lo respeta, mientras acá sus detractores lo atacan y vilipendian. Qué país tan raro, que cantidad de personas tan mezquinas.
Pero bueno, lo importante es que ahora la academia sueca le otorgó el premio, lo que ciertamente ha hecho que los detractores de oficio de Santos y del proceso de paz anden revolcándose en sus propias miasmas.