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Vivir para ver

25 de junio de 2016 - 09:00 p. m.

Jamás, en los 56 años que tengo, pensé que sería posible ver lo que pasó en La Habana el jueves.

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La posibilidad de vivir, eventualmente, en un país en paz. Lo suscrito entra al detalle, sabiendo de antemano que quedan todavía muchos asuntos por decidir de cara a la firma del acuerdo final. Pero, sin lugar a dudas, lo acontecido es un hecho histórico que despierta la esperanza a millones de colombianos, entre los que me encuentro.

Padecí personalmente a las Farc cuando me vi obligado a salir del país por diez años. Y hoy, en vez de estar con rabia por el hecho de pensar que los criminales se integrarán a la vida civil, siento una gran alegría. Como yo millones de colombianos han sido víctimas de esta organización subversiva y, por lo que percibo, una gran mayoría hemos perdonado y vemos con esperanza el futuro del país.

Quedan muchas cosas por conocerse, como lo anunció el presidente el jueves. Seguramente serán los sapos de los que tanto nos han hablado. Pero quedó absolutamente claro, por lo que conocemos hasta ahora, que el Estado colombiano no cedió en nada que comprometa su supervivencia como República democrática. Ese fantasma que tanto han promovido los opositores al acuerdo no era nada más que eso: un fantasma.

Algunos de los que llevan tre años largos oponiéndose al proceso tendrán ahora sentimientos encontrados. Unos dirán que esto es el final, otros seguramente podrían estar reconsiderado su posición. Entre otras cosas porque en su corazón saben que este, aparte de ser un momento muy importante, es un momento definitivo para lograr un país en paz.

Entiendo que lo acordado con las Farc no traerá la paz de manera automática. Pero sin duda tener 16.000 hombres menos disparando es muy importante.

Quedan otros generadores de violencia que deberán ser combatidos por el Estado y que también afectan a los colombianos. El primero que debe ser combatido sin consideración es el Eln, seguido por las bacrim. La paz también se afecta, y de manera grave, por estos otros actores. Ambos tienen en común el hecho de ser narcotraficantes, como lo han sido los de las Farc. Este tema seguirá siendo, como lo ha sido en los últimos 30 años, un generador de violencia. No se equivoquen: con la desmovilización y desarme de las Farc no se acaba el negocio de las drogas ilícitas.

Pero bueno, no pretendo ser el aguafiestas. Lo que hemos presenciado esta semana, producto de un trabajo muy serio por parte del doctor Humberto de la Calle y todos los demás negociadores y sus equipos, no solo nos abre una gran esperanza, sino que además nos permite pensar en lo impensable hace cinco años: que las Farc reconocerían al Estado colombiano, a sus Fuerzas Militares, a su justicia y a las demás instituciones.

El presidente hizo una apuesta y la ganó, y hay que decirlo, en buena hora. A mi edad, como lo digo al empezar esta columna, jamás pensé que viviría para ver este momento y pensar en dejarle a mi hija un país en paz. Amén.

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