De lo que se trata es de abrir ventanas para que algunos por ahí piensen por sí mismos. De lo que se trata es de motivarlos para que lean y para que escriban, para que hagan, para que busquen las razones de las razones, para que vayan por la vida con el sentido de descubrir la vida, de tomar la vida, de robarles a sus días uno o dos o cinco momentos para coleccionar. De lo que se trata, señores de los altos pedestales, es de dejar a un lado las ínfulas de sabios, y enterrar por siempre esos términos de mejor, de peor, de talento, de no sirves para esto, y de rescatar el hacer por hacer, el escribir por escribir, sin que importe que ustedes digan que es bueno o es malo, sin que estén de por medio los premios y las alabanzas y los homenajes que, muy bien lo sabemos, se los entregan ustedes a sus títeres de ocasión, o a ustedes mismos.
De lo que se trata, señores, es de acabar con la crítica que entierra, con el linchamiento cada vez más común, con los anacrónicos cánones, con la verdad y los manuales de instrucciones, y permitir que otros escriban, que otros hagan música o cine o teatro, que otros cuenten sus historias y tengan el derecho de leer lo que les parezca, de pensar lo que se les antoje y de encontrar en una frase el sentido de sus vidas. De lo que se trata, señores, es de abrir el juego.
Y de que cada quien encuentre sus propias convicciones, y de que las vaya cambiando si le parece, y de que crea en los dioses que prefiera, y de que las editoriales no vuelvan picadillo los libros que no lograron vender, sino que los regalen para una o cien bibliotecas, y de que el vecino no se quede con la información que tiene porque la información es poder, y de que los ministerios y secretarías y etcétera no apelen al trillado y absurdo concepto de ejecutar presupuestos a fin de año porque esa es la costumbre, gastarse el dinero de los impuestos que no invirtieron en fruslerías y a toda carrera, en lugar de destinarlo para tantas cosas que nos hacen tanta falta.
De lo que se trata, señores, es de valorar a la gente, en lugar de decir que la amamos o la queremos, y de que pasemos por encima de los fáciles afectos y pongamos como principal bandera de nuestra vida la voluntad. La voluntad de actuar de acuerdo con nuestras convicciones, de ser fuertes, de decidir sin influencias. De lo que se trata es de oír a los viejos diablos, que más saben por viejos que por diablos, como dice el dicho, y aprender de la vida más que de la academia. De lo que se trata, señores, es de rescatar la fortaleza y de dejar de señalar al otro, a los otros, como los eternos culpables de nuestra mediocridad, y resolver los conflictos frente a frente, sin tanta denuncia por tonterías y sin este estado de lamentos y de quejas que nos está llevando a una espantosa debilidad y a seguir dándoles a ustedes el poder de decidir el bien y el mal.