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27 de abril de 2018 - 11:08 p. m.

Habrá que buscar a un ser humano auténtico, como lo buscaba Diógenes Laercio. Con una lámpara de querosene o con una linterna de minero, en los avisos clasificados de los periódicos, que cada vez son menos un periódico de ayer, y en las carteleras de las universidades. Buscar a un hombre o una mujer que se haya despercudido de tanta instrucción, un humano silvestre, en últimas, que no responda como dicen los manuales que hay que responder, que no sonría como un idiota cuando en una valla de la calle un aviso le dice que hay que sonreír. Sonreír porque sí y porque no y porque tal vez, siempre sonreír, aunque no haya una razón para sonreír. Sonreír, sobre todo, para que los millones de autómatas que pasan por su lado lo aprueben y le sonrían, porque cada vez parece que lo más importante es la falsa aprobación.

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Habrá que buscar a aquel que piense en vez de repasar, que hable en vez de citar, que camine en lugar de desfilar, que prefiera el hacer al terminar, que no sepa lo que va a ser de su vida mañana, que agarre hacia la izquierda en lugar de a la derecha, que no quiera nunca que le digan te amo para no acomodarse, que no firme contratos para no asegurarse y que, por supuesto, que no pague seguros. Buscar a alguien que no esté sepultado bajo toneladas y toneladas de códigos y mandamientos, que no sea un simple cumplidor y vaya por la vida sin relojes ni celulares. Alguien que se desgarre, luche, se confunda y de vez en cuando se abandone a sí mismo, y que sea consciente, como León Tolstói, de que “la tranquilidad es una bajeza moral”.

Habrá que buscar a un humano que sea digno de esa palabra, a un hombre que le dé un puño a la mesa y que luego la cubra con un mantel que huela a pólvora para recordar a Octavio Paz, o a una mujer que entre amar y ser amada elija amar a su manera, desdeñando los tips de las revistas que le han indicado cómo amar, cómo olvidar, cómo ser, cómo besar. Habrá que buscar a quien no esté contaminado, o no tanto como tantos hoy, y quien desde su resto de pureza luche por preservar sus ideas, sean las que sean, pero suyas. Habrá que buscar y seguir buscando, porque eso que llaman progreso contaminó los ríos, los mares, los bosques y las selvas, pero también intoxicó y robotizó con sus leyes, normas y códigos a los humanos, aunque creamos que no es así porque los humanos vivimos hoy 20 o 30 años más que antes.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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