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Barril de pólvora

29 de noviembre de 2011 - 06:00 p. m.

Dos de ellos, Luis Miguel Rivas y Andrés Burgos, hablaron sobre la coincidencia de haber nacido en la Medellín de los años 90.

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Narcotráfico, exageración, muerte, pánico, dolor. El otro, Juan Álvarez, dijo que intentaba desmarcarse de lo que Héctor Abad había llamado la “sicaresca”. Los tres, sin embargo, coincidieron en que era imposible aislarse del todo de una realidad que había penetrado a Colombia durante tantos y tantos años. “En mis textos no va a haber esos lugares comunes de las balas bendecidas o la estampita de la virgen”, afirmó Burgos.

Rivas, entonces, sentenció: “Uno es ciudadano antes que escritor, por eso tomo una frase de Alberto Aguirre, para quien ‘el problema fundamental es la vida. Lo demás son fruslerías’”. Para cerrar el capítulo, Margarita Posada, la moderadora del encuentro de colombianos en Guadalajara, o de promesas literarias colombianas, recordó que en un viaje a Belgrado había descubierto cierta similitud entre el arte de los Balcanes y el de Colombia, ya que los dos estaban inmersos en un barril de pólvora. De alguna forma, se percibía una distancia autoimpuesta con respecto al tema.

En voz baja, una muchacha de acento español preguntó, se preguntó, si un escritor podía obviar una realidad tan cruda, o si esa postura de olvido era efectista. En ese instante, llorosa y en secreto, una periodista mexicana le anunció a dos compañeros que en Hermosillo acababan de asesinar a un activista llamado Nepomuceno Moreno, quien llevaba un año y medio luchando para que le devolvieran a su hijo, secuestrado por la Policía. La charla continuó por los senderos de que lo importante era “contar historias”. Luego surgió el eterno tema de García Márquez y sus influencias.

Los tres, o los cuatro, se declararon a miles de leguas y de años de él y de su obra, aunque admitieron, como dijo Burgos, que “era un monstruo irrepetible”. Negaron su influjo por cuestiones de época. Dieron a entender que las influencias son un asunto de contemporaneidad. Se deshicieron en elogios hacia Tomás González y Fernando Vallejo. Citaron a Darío Jaramillo Agudelo, a Marcos Schwartz y a Andrés Caicedo, y cerraron la sesión admitiendo que aún no habían leído El ruido de las cosas al caer, quizá porque, una vez más, el tema era el narcotráfico.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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