Recordado señor gerente: Ahora que me ve sentado ante usted, ahora que por fin me ve, quiero comenzar esta carta de despedida diciéndole que llevo escribiéndola 23 años y unos pocos días.
No se aterre, el tiempo pasa rápido y nos damos cuenta de ello cuando ha pasado, como nos damos cuenta de que fuimos cambiando y nos convertimos sin saberlo en uno distinto, en uno muy diferente del que éramos, aunque conservemos una esencia. La mía, ante de que lo pregunte, ha sido querer vengarme de usted. No se levante de su mullido sillón, que en el bolsillo de este saco que compré el día que empecé a trabajar en esta empresa llevo un revólver de los tiempos de mi abuelo. Tranquilo. No lo voy a matar. Ese sería un premio. Pum pum pum y se acabó. Demasiado fácil para los dos. No. No lo voy a matar. Quiero que sufra parte de lo que me hizo sufrir a mí todos estos años. Quiero que agonice. Quiero que sienta lo que me hizo sentir a mí desde el primer día, cuando susurró “bastardo Pérez” para que lo escuchara luego de saludarme y darme su hipócrita bienvenida a este lugar.
“Bastardo Pérez”, murmuró como por hacer un juego de palabras con mi verdadero nombre, Bernardo Pérez, para humillarme y dejar sentada su supuesta autoridad. Seguro en sus múltiples cursos de gerencia, de autoridad y orden, en esos cursos invisibles de dominio que nunca se sabe dónde ni con quiénes toman los gerentes, le enseñaron que el principio de autoridad surgía de la humillación, de pisotear, y que los trabajadores a su mando, nosotros, éramos fichas para cumplir con el único objetivo que cabe en su cabeza: vender. Para vender, usted incluso me recomendó con tono y mirada despectivos que cambiara mi manera de vestirme, mi lenguaje, mi caminar. Tuve que hacerlo, ¿sabe por qué? Por el temor al desempleo, que han creado y cuidado usted y sus pares para que nosotros no tengamos otra alternativa que obedecer, producir, acatar, callar, aceptar. Gracias a usted yo he sido un esclavo, señor. Gracias a usted, hipotequé mi vida. Ahora, si es tan amable, lea en voz alta este último párrafo. Quiero oírlo de su voz.
Los bastardos somos seres humanos, y por lo tanto, tenemos los mismos derechos que el resto de la humanidad. Existimos, fuimos engendrados como usted, entre jadeos y placeres similares. Nacimos, también, y existimos, más allá de que usted quiera negarnos, como tantos otros. Más allá de que usted y su sistema y la religión y los políticos y los periodistas y en fin, nos hayan querido ignorar, confinándonos a un oscuro rincón al que llamaron pecado. Existimos y somos personas, aunque nos borren de los árboles genealógicos, y en las biografías de los grandes hombres ni siquiera se dignen a nombrarnos. Somos piel, sangre y hueso, como todos, y no dude de que somos el producto de una noche de pasión, y no de una noche de obligación, como quizás en la que lo engendraron a usted.
Ahora diga y repita en voz alta, si es tan amable: Yo soy un bastardo. Soy un bastardo, aunque tenga unos simples papeles, firmados por una supuesta autoridad, que digan lo contrario. Soy un bastardo por mi condición de explotador, por mi esnobismo, por pisotear, por ser indigno del respeto y la tolerancia, tal vez las características más nobles de la condición humana. Soy un bastardo, y a partir de hoy, firmo mi renuncia a esta empresa y le traspaso mis bienes a don Bernardo Pérez.