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Caer, romper y salvarse

03 de septiembre de 2016 - 09:00 p. m.

No sé a usted, pero si algo me salvó a mí en la vida fue aquello que surgió de las crisis, de los momentos difíciles y de las represiones, de las caídas.

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Una canción, la primera canción, Let it be; una película, Missing, o la frase perdida de un libro de Heinrich Böll, “Soy simplemente un payaso y colecciono momentos”. Me salvaron una vieja serie de televisión, El ladrón, y una revista de fútbol en la que relataban el fútbol como en una novela, y me salvó el querer cambiar la realidad de todos los días por una aventura fascinante que sólo era posible en un cuento. Me salvaron el hastío y la depresión de ver aquel mundo en blanco y negro, porque del blanco y del negro yo quise pasar a los colores, a miles de colores y a tonos grises. Y fui rebelde y me llamaron rebelde sin causa, por supuesto. Y fui atrevido y me gritaron que no me atreviera. Me exigieron respeto, mesura, estudios, y sobre todo, ser alguien decente y un triunfador, para que el apellido brillara, o siguiera brillando.

Viví inmerso en un mundo de extremos, de mandamientos y obligaciones, y por esas mismas razones, encontré en las excepciones una motivación, que fue una salvación. Las excepciones eran, fueron, los tres o cuatro hippies que desafiaban lo establecido con sus poemas o sus canciones de gatos locos, y eran, fueron, los que se reunían clandestinamente, y desde la clandestinidad imprimían proclamas en contra de las oligarquías y a favor del pueblo y la libertad y luchaban y nunca se vendieron y jamás dejaron de luchar. Eran y fueron el sindicalista que se fue a Bulgaria a estudiar “sindicalismo” y les enseñaba a sus hijos a leer, a escribir, a protestar y a poner tachuelas en la calle, y la señora que no se quiso casar ni formar familias y se disfrazaba de hombre para entrar a las reuniones en las que se decidían los asuntos “importantes” de la nación.

No sé a usted, pero a mí me salvó el permanente Estado de sitio en el que vivimos, que era como decir un eterno estado de callar, de hacer fila, de obedecer y, en fin, de vivir como los otros lo determinaban. Me salvó el látigo, porque para destruir ese látigo, tuve que comprender de dónde venía, a quién le servía, qué intereses cuidaba y cómo lo justificaban sus defensores-ejecutores. Me salvaron el pecado y el infierno, pues para concluir que eran un invento más, tuve que arriesgar hasta el alma y buscar castigos divinos que gracias a dios jamás aparecieron.

No sé a usted, pero a mí me salvaron sus mentiras, pues por esas mentiras supe gran parte de sus verdades.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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