Desnuda y frente al espejo se ve como el día anterior y como hace una semana y un año y tantos años, y el reloj le anuncia que va tarde, otra vez tarde, aunque ella desde hace años no tiene ninguna cita.
Se angustia. El reloj es una metralleta de segundos y minutos, como lo ha sido desde que su padre se lo regaló el día de su grado de colegio. La metralleta del tiempo la perfora, como todas las mañanas y tardes y noches desde aquella noche, veinte años atrás. Desnuda y frente al espejo, lo toma y lo guarda en el último rincón del último cajón de su armario. Y lo cubre con una toalla para que no grite más, para que no le recuerde que es tarde aunque ella no sepa para qué.
Es tarde, murmura desnuda frente al espejo, pero esta vez no sale corriendo, y a través del espejo intenta capturar las imágenes de su grado, ya desteñidas, y de las semanas siguientes, difusas, cuando tuvo que decidir a qué iba a dedicarse el resto de los días de las semanas de los años de su vida, con el mismo horario, de 8 a 5 seguramente, con casi las mismas personas y un oficio repetido, mil y mil días repetido. A los 17 había tenido que decidir con qué disfraz iba a afrontar la vida y qué único papel iba a interpretar. A los 17, sus padres también pretendían que eligiera con quién iba a dormir hasta que la muerte los separara.
Desnuda frente al espejo se ve y se siente presa de sí misma, encadenada por una decisión que tomó sin entender nada de nada, metida en otro cuerpo y envuelta en otras vivencias, sin haber conocido el significado de la palabra hastío. Decidió, tuvo que decidir, la obligaron a decidir. Decidió. Hoy aquella decisión le pesa y la aplasta, y por el peso y el dolor y la angustia, porque ya no soporta más sus días, porque considera que una derrota más es lo de menos, comprende que aún puede cambiar de rumbo, que es posible volver a empezar y recorrer otro camino. Desnuda y frente al espejo busca el viejo reloj, lo agarra entre sus manos, lo besa con un beso displicente, como si besara todas las manos que lo tocaron y a todos los hombres que despertó, sube las persianas de la ventana y lo lanza con toda su fuerza a la calle.