De un tiempo para acá veo círculos por todos lados y me imagino a mí dentro de ellos, preso de ellos, asfixiado. Veo círculos y recuerdo círculos, los de la escuela y los de la familia, los de dios, los nueve de Dante, los de mis rutinas que eran rutinas impuestas, los de los profesores que enseñaban siempre lo mismo y no permitían nuevas ideas, los de las autoridades y las reglas por cumplir, los de la solidaridad y el amor al prójimo.
Los recorro sin poder salir de ellos y todas las noches me propongo que a partir del día siguiente los romperé, pero al día siguiente vuelvo sobre mis pasos anteriores en un “eterno retorno de lo mismo”. Camino en círculos y caigo dentro de los círculos, y repito, repito tanto, que ya no sé si estoy convencido de lo que repito o voy por la vida metido en un tren perfectamente presurizado a 300 kilómetros por hora.
Voy de círculo en círculo y salto de uno al otro. Del de la vida al del amor y de ahí al de la muerte, las tres heridas de las que hablaba Miguel Hernández. La vida del trabajo de todos los días, una y mil veces llegar a la misma hora y salir y recorrer la ciudad y llegar a la casa y dormir, o no dormir, y volver a la mañana siguiente con la misma rutina. La vida y la desvida del amor con sus miles de círculos posibles y con uno que siempre termina por tragarse a los otros, el de la ilusión, el conocimiento, la imaginación, el comprobar, las seguridades, las rutinas, el hastío, los pequeños detalles que al principio eran amorosos y al final pesadilla, el adiós, las culpas, el rencor, el orgullo, el olvido. La muerte, que nos mata todos los días un poco y luego nos confunde para que la olvidemos y más tarde regresa y nos vuelve a matar.
Círculos, retornos, repeticiones. De mis círculos paso a los círculos de los demás, que se autodenominan literarios, periodísticos, musicales, académicos y demás. Y allí cada quien se alquila al grupo, y escribe o canta o enseña para que el grupo apruebe, de acuerdo con viejos preceptos. Cada círculo es una cárcel con nombre pomposo y un alto grado de hipocresía. Escribimos para los otros, dicen. Pintamos para cambiar el mundo, gritan. Enseñamos para hacer de ésta una sociedad mejor, declaran, y en el fondo escriben y pintan y enseñan para que los otros los aplaudan, que es decir, para aplaudirnos nosotros mismos.