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Como acusada

03 de marzo de 2012 - 08:00 p. m.

Leticia no supo si maldecir a Henrique, si matarlo ahora sí para que la culparan y la condenaran a la hoguera y entre el fuego quemar sus recuerdos, quemarse ella y quemarlo a él.

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No supo si romper aquella carta en pedacitos y tragárselos después, o besarla y acariciarla hasta la transparencia. Pasaba de la ternura a la ira, y de la ira al amor. Quería que cada una de las palabras leídas fuera materia, y recordar cada letra el tiempo que le quedara de vida, y jugar con ellas, arroparlas, cuidarlas, aprehenderlas, o, en su defecto, tirarlas contra el piso para que se reventaran, y patear las que quedaran sueltas.

Porque Henrique le había escrito “Con amor”, pero al mismo tiempo la había dejado sola en el mundo, y más que sola, la había dejado culpable de su asesinato. No estaba muerto, era evidente que no, y su resurrección le ponía colores a su vida, a la ilusión. Algún día se volverían a ver, de eso estaba más que segura, y pasearían por alguna calle, tal vez tomados de la mano, no importaba, charlando de un libro, de una canción, evocando los tiempos en la trastienda del Tuerto Girón y la mañana de la boda de Sofía y Armando.

Sin embargo, ella seguía presa, agobiada por un infinito manto de sospecha, señalada, culpada, sentenciada por muchos, aunque la justicia no hubiera dictaminado nada. Era la acusada para todo el mundo, un remoquete que había reemplazado todos los anteriores, pues era más condenable haber asesinado a un hombre que quitarle el marido a una mujer. Como acusada, la tenían desterrada, como acusada, sus enemigos no necesitaban añadir ni adjetivos ni historias al nombrarla.

Pero no había cadáver. Aquella carta era la prueba. Henrique Vélez no estaba muerto, se había ido a Jamaica, y sin muerto no podía haber sospechosos, ni culpables ni condenas ni prisiones. Sin muerto todo era aire, imaginación, el invento de algún policía borracho o corrupto que en un bulto vio un cadáver, o por unos pesos quiso sacarla del camino de vaya usted a saber quién o quiénes. Sin muerto, ella era libre.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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