Se dijeron te amo antes de subirse al primer taxi que los recogió, aunque fue un te amo desabrido, y se miraron a los ojos un segundo.
Tres días después, una señora los encontró semidesnudos y semiconscientes en un oscuro callejón de un barrio olvidado. Les dio agua, pan y unos sacos de lana para que se cubrieran. Los llevó a una tienda, su tienda, los sentó ante una mesa y les preguntó quiénes eran, en qué lugar vivían y si tenían algún número de teléfono o una dirección, lo que fuera, para avisarle a alguien que estaban allí. Ellos respondieron que no, siempre que no, y mientras respondían se observaban de reojo tratando de reconocerse. Luego de sus interrogantes iniciales, la señora se alejó un poco, los miró y les preguntó si se conocían. No, dijeron casi al tiempo, y casi al tiempo volvieron a encontrarse en sus miradas, como tres días atrás.
Esa noche, la señora de la tienda los dejó dormir en un cuartucho que le servía de despensa y les dejó algo de comida y agua. Ya en su casa, y luego de múltiples llamadas a la policía y a las clínicas de la ciudad, le dijeron que se llamaban Josefina Díaz y Pedro Reyes, que los habían visto por última vez en un bar del centro en una fiesta de despedida, su despedida, y que tenían todo arreglado para casarse a la una de la tarde del día siguiente. Le dieron números de teléfonos de algunos familiares y sus direcciones y le solicitaron sus datos, pero ella mintió. Cuando terminó sus pesquisas, volvió a la tienda y, sigilosa, se acercó a la puerta de la despensa para oír que el hombre le preguntaba a la mujer: “¿Y ahora?”, y ella le respondía: “Ahora ya todo está resuelto”.
Los oyó murmurar, pero ella no podía entender mayor cosa sólo con las dos frases que había escuchado. Se sentó, a la espera de alguna palabra más, o a la espera de que algo ocurriera. Sin embargo pasaron 10 y 20 minutos, y una hora y dos horas y todo fue silencio. Después del silencio abrió la puerta y los vio, acurrucados y alejados el uno del otro. Los llamó, Pedro, Josefina. Ellos se despertaron con gesto de extrañeza y se observaron como la tarde anterior. La señora les preguntó si ahora sí se acordaban de algo. Ellos volvieron a decir que no. Entonces ella les contó quiénes eran y qué eran, ante sus gestos de extrañeza. Miró el reloj, se los mostró y les dijo: “En seis horas se supone que estarán felizmente casados”. “¿Nosotros?”, preguntó Josefina, que a destellos, comenzaba a recordar al hombre ante sí, el último hombre-eslabón de una larga cadena de hombres-eslabones en su vida que habían sido la Verdad y que le habían impuesto sus Verdades hasta convertirla en un harapo.
Señaló a Pedro con desdén. Él la miró de los pies a la cabeza y sonrió con desprecio. “Es imposible que yo haya estado de novia con este sujeto durante cinco años. Imposible”, gritó Josefina, arreglándose el saco prestado, dispuesta a irse aunque no supiera hacia dónde. “Pues parece que me amaste”, le respondió Pedro, algo herido, algo divertido, mirándola y adivinándola debajo del saco. Se insultaron, se hirieron. De pronto, la señora de la tienda les dijo que ya se tenían que ir para la boda. Pedro la miró, volteó a ver a su novia y dijo: “Está bien, ya es hora, vamos, que sea lo que tenga que ser”. Ella hizo una especie de gesto dubitativo y tragó saliva. Pensó en lo dulce que sería su venganza si se casaba con él, pero luego concluyó que una venganza sería darle demasiada importancia.