Dependemos, y por depender, reclamamos y exigimos que el mundo sea como lo queremos, sin comprender que nuestras dependencias y nuestros reclamos les dan cada vez más poder a aquellos que han construido nuestras dependencias. Porque todo eso no ha sido obra de la casualidad, ni de un dios invisible. Ha sido un trabajo de algunos, por largos años, para subyugarnos y poder manejarnos. A cambio, nosotros hemos jugado su juego, también por largos años, sin darnos cuenta siquiera, y lo seguimos haciendo. Dependemos del amor, por ejemplo, y caemos en la trampa del amor, y padecemos más de lo que amamos, y a veces por justificarnos llamamos padecer a nuestro amor, simplemente porque de niños nos dijeron que el amor era el fin último de la vida, el más importante, y el único árbol de todos los bosques que vimos fue el del amor.
Por amor, nos enredamos con la primera persona que nos sonrió e ignoramos esos pequeños indicios que luego se transformaron en pesadillas. Por amor fuimos dejando en un rincón los atisbos de autenticidad que nos quedaban, porque el amor, nos dijeron y nos repitieron, era compartir. Y compartimos, por supuesto, y en el fondo de nuestro compartir no había otra cosa que consumir, comprar, regalar. Si preguntábamos por qué tanto compartir, y por qué compartir solo cosas, objetos con su costo, nos contestaban que podíamos compartir una puesta de sol o una caminata. Era la respuesta perfecta para darle peso y credibilidad a la moda del compartir, y para que luego se multiplicara por cientos de miles, pues por uno o dos que compartían una puesta de sol, había millones que compartían otras cosas, las cosas que se compran y se venden.
Compartimos, y en el afán de compartir, confundimos el amar con el compartir y nos dejamos llevar por los infinitos días del amor y de San Valentín y de la amistad y de la madre y el padre y demás. Compartimos tanto, que nadie era como era, sino un remedo del otro. Las ideas, las palabras, los pensamientos, las ilusiones se mezclaron, hasta el punto de que no hubo ninguna idea clara, ninguna palabra precisa, para recordar a Silvio Rodríguez. Todo fue contaminación y bombardeo, menos el amor y compartir, hasta que con tanto amor y “compartido” nos dominaron por completo. Nos convertimos en este manojo de dependencias que nos llevó a reclamar y a pedir, y peor aún, a creer que eso que llamaban amor era compartir, y acabamos por compartir y multiplicar principalmente dependencias.