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Cómplices

07 de mayo de 2016 - 09:00 p. m.

Esta complicidad que me ahoga, que se devuelve en el tiempo y me lleva a mis primeros silencios, cuando callaba ante las órdenes e imposiciones de los mayores y ante las insinuaciones de los curas que me llevaban a su oficina para que les hablara en inglés a cambio de unas canicas. Esta complicidad con Dios, que exigía silencios, que promovía bondad pero amenazaba con el infierno, que era la verdad y, como verdad, era inaccesible e infalible, y había que obedecerle porque su palabra era la palabra de Dios, y la palabra de Dios era sus instrucciones, y había que adorarlo igual que a sus representantes en la tierra, y alabarlo y cantarle y ser bueno según sus deseos. Esta complicidad de callar y siempre callar, y con el callar, permitir, y después del permitir, olvidar.

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Esta complicidad de jugarles el juego a quienes han pretendido que olvidemos, porque nuestro olvido los mantiene en el poder y con el poder, y desde el poder nos exigen perdones y nos hablan de humildad y hasta nos ofrecen excusas por lo que hicieron y volverán a hacer, y nos bombardean con bonitas frases. Esta complicidad que me ahoga, que me duele, que me persigue, porque mi silencio se ha multiplicado con el silencio de los otros, e inmersos todos en nuestros silencios, hemos creído, o nos han hecho creer, que denunciar es ser delator, que hablar es ser vigilante, cuando en realidad denunciar a quienes piden olvido y perdón y siguen abusando es sumar, es alertar y luchar porque sus vejaciones, robos, masacres, esclavitud y demás no se repitan.

Esta complicidad que ha sido freno, y, como decía el filósofo, a su freno le llaman virtud, pero es cobardía. Mi complicidad con el poder, con las leyes del poder, con los abusos del poder, y, sobre todo, con las consecuencias que esos poderosos han producido. Mi complicidad con el hambre, con la ignorancia, con la injusticia, con la estupidez. Mi complicidad al callar y olvidar y permitir, mi complicidad al comprar y hacer parte de este sistema de consumos, mi complicidad por buscar el éxito y plegarme a esa falacia de los “ganadores”, mi complicidad por haberme dejado llevar de lo que esos “ganadores” opinaran. Mi complicidad al subirme al tren de estudio, trabajo, familia y pensión, mi complicidad de amar según sus mandamientos y de esconderme cuando alguna vez amé según los míos.

Esta complicidad, esta comodidad, esta alienación. Este caminar como los otros, y actuar como los otros y ser muñecos de otros y nunca ser culpables de nada.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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