De Popayán, su ciudad, puede decir que es realidad y ficción, y que allí los fantasmas se confunden con los humanos, y que los humanos viven en el siglo XIX y que hablan como en el XVIII, y que él, Juan Esteban Constaín, es uno de ellos cuando compra flores, cuando lee, escribe o juega a la pelota.
Cuando cree que vive y en realidad es su personaje. De Chesterton puede decir que era tan católico que se volvió libre, y que su libertad era reírse hasta de sí mismo, como lo infiere en su novela El hombre que no fue jueves. Allí, G.K. Chesterton es protagonista a lo lejos de una investigación sobre su posible canonización en tiempos del papa Juan XXIII. Constaín, a su vez, y a lo lejos también, es el investigador que debe descifrar un antiguo, antiquísimo texto en inglés donde encontrará las claves para desentrañar los métodos del Vaticano para volver santo a un santo. Son tiempos de posguerra. Tiempos de mostrar. Tiempos de engañar. El papa Juan XXIII decide que hay que canonizar a cientos, a miles, para que el pueblo tenga ejemplos por seguir, y más que nada, para que el pueblo lo ame a él y ame la Santa Sede y ame a su Dios.
De Chesterton y Juan XXIII y Popayán, Constaín puede pasar a hablar de su guitarra, el blues y los Rolling Stones, amores eternamente inconclusos; de Álvaro Cunqueiro, su escritor preferido; de Nicolás Gómez Dávila, de Jorge Luis Borges y de Conrad y Eliot y Álvaro Gómez Hurtado, y pasar a Maradona y el fútbol y Argentina. De Maradona puede decir que murió y resucitó diez, quince veces, que fue él en la cancha y fuera de ella y que sus frases salidas de mil pulsaciones, como “Fue con la mano de Dios”, son literatura aunque él no las haya escrito, y afirmar que fue el gran vengador de los argentinos contra Inglaterra y lo que ocurrió en las Malvinas, y soñar con irse un fin de semana a Buenos Aires para ver partidos de tercera, segunda y primera división, y pensar fútbol, y sentir fútbol y comer fútbol y escribir fútbol. Hace unos años fue a ver un partido en Italia entre la Fiorentina y el Rangers Glasgow, y vio los hooligans dentro de la fuente de Neptuno, y vio la barbarie y la pasión y la locura y recordó el primer partido oficial de la historia, por allá en 1530. Entonces escribió una novela que tituló Calcio. Se la dedicó a Maradona.