Cuántas felicidades caben en un solo día cuando uno empieza a comprender que la felicidad no tiene nada que ver con esa que venden a diario en los avisos y las redes y demás, que en síntesis, es acumular y seguir acumulando. Cuántas felicidades pequeñas, diminutas, como un café en la mañana, y ese saber que te puedes demorar cinco, diez minutos más mirando por la ventana y viendo la gente con sus prisas, imaginando otro mundo, construyendo un poema que jamás vas a escribir, y que no importa si lo escribes o no, si lo publicas o si queda en un papel perdido, porque lo que sentiste y pensaste mientras lo escribías jamás va a tener precio. Cuántas felicidades de rituales propios, como leer un viejo libro cuando la noche empieza a incrustarse entre todas las cosas, y las luces del día se vuelven medias luces que te cobijan desde lamparitas cuya historia empiezas a rescatar.
Cuánta felicidad cabe en correr diez minutos al día, y luego de correr, saber que lo lograste, que fuiste capaz de derrotar tu comodidad, y que mientras corrías recordabas otros tiempos, o mejor, los rescatabas, cuando la felicidad era jugar a las canicas en la calle, con los amigos del barrio, o patear una pelota descascarada en esa misma calle y sentir que estabas en el Maracaná y hacías felices a 200 mil personas por un gol que anotabas en el último minuto de un partido de una Copa del Mundo, o cuando ir a la tienda de la esquina y una gaseosa y un pan francés eran, en realidad, un momento que coleccionabas para la posteridad sin darte cuenta siquiera, como la primera sonrisa que te regaló aquella niña que tanto te ponía nervioso cada vez que la veías, o cuando ibas al campo y sentías que el campo era la selva y tú, tarzán.
Cuántas felicidades deja uno pasar, y cuántas puede rescatar y cuántas otras podría inventar si se da cuenta de que no hay una felicidad, como absoluto, sino millones de millones de felicidades, y que todo es tan pequeño, tan lleno de detalles, que si uno se lo propone puede regar algunas de esas diminutas felicidades por donde vaya, con un gesto o una sonrisa, con unas cuantas palabras o un simple dulce. Cuánta felicidad hay más allá de las leyes y la Constitución, y cuánta, acá, en la vida de todos los días, en el siempre armónico y dulce caminar de un perro de la calle o en el perfecto maullido de un gato. De cuánta felicidad se nutre un minuto de vida si uno es consciente de que en un segundo todo puede cambiar absolutamente, y que para vivir y ofrecer vida y coleccionar felicidades no son necesarias una sinfonía celestial y que las cosas sean como uno las quisiera. Basta con elegir la vida y con vivir, y saber que con eso uno ya está haciendo la revolución contra quienes pretenden vivirnos.