Y entonces, un día amaneció con la firme convicción de que en adelante se dedicaría a sentir.
En contra de los mandamientos y los protocolos y los manuales, sentiría. Buscaría sentir. Con canciones, con películas, con un libro o un poema como el que le había enviado la tarde anterior una mujer. Buscaría sentir, iría al encuentro de los sentires y no se limitaría a esperar. Los sentimientos sólo llegan si vamos por ellos, solía decir. Sentiría, sintiendo en la mañana las gotas del agua de la ducha, una por una, y luego el roce de una toalla, y después el milagro de poder caminar. Sentiría sin pensar. Sentiría para olvidar que era un simple esclavo con sueldo, un número dentro de un sistema de miles de millones de números. Sentiría y reventaría ese sistema e imaginaría las luces de esa inmensa explosión, como fuegos artificiales.
Sentir como camino y como fin, ese sería su gran proyecto. Recordar, para ello, sólo el beso que la convenció de seguir buscando y de besar amando, porque aquel beso fue una vida y fue pasión, ilusión, ternura, complicidad, sueño, pecado, principio y fin. Aquel beso fue un libro, una sinfonía, una película y la realidad tantos años soñada. Por eso lo recordaría todos los días, sin la angustia del antes ni el hastío del después. Un beso editado y congelado. Sentir. Sólo sentir. Rescatar ese sentir de las obligaciones, las cuentas, el futuro y la razón. Perderse en el brillo sensual de una mirada y en el real significado de la palabra amo, con su tono, su acento y su voz. Sentir el milagro de que alguien se despoje de sus armaduras sólo porque también decidió atreverse a sentir.
Sentir sería la medida de sus decisiones, y al diablo las facturas, los reportes bancarios y la autoridad, los títulos y el ahorro. Si una situación entrañaba la promesa de un sentimiento, ella se lanzaría de pies y cabeza allí dentro. Si no, buscaría una. Y si llegaba el odio, comprendería que odiar también es sentir y que se odia porque se siente. Elegiría odiar a sumar, y más que todo, amar, sin que le importara mucho eso de las reciprocidades. Elegiría querer a poder, como cantaba Serrat, y tomar a pedir. Elegiría vivir, que es sentir, para recordar después, y para ser digna del cartel que le habían colgado tanto tiempo atrás: cursi.