Por lo menos, poder decir que luché. Si gané o perdí según las normas de la conveniencia, el poder, el gusto, la moda o las mediciones, ese ya fue otro asunto. Decir que luché con la convicción de que fui más allá de las indignaciones y las rabias de todos los días, y que puse en la balanza el valor de las cosas, de los hechos y, sobre todo, el valor de lo humano. Decir que luché partiendo de la premisa de que lo humano era lo esencial, no el éxito, los cargos, el dinero, los homenajes ni la venganza, y que las distinciones fundamentales de lo humano fueron siempre la razón y la voluntad; es decir, la voluntad de pensar. Decir que luché queriendo comprender en vez de juzgar, pues, como decía Joan Manuel Serrat, siempre hay una razón escondida en cada gesto.
Poder decir que luché, aunque la lucha pareciera imposible, aunque tuviera hambre o sueño, aunque me doliera la piel y estuvieran en juego decenas de sentimientos. Decirlo, repetirlo, desnudarme ante un espejo y poder mirarme a los ojos, seguro de que no caí en los linchamientos ni de que propagué odios, y de que di las peleas que en cada momento creía que debía dar. Decir que luché, escribiendo y volviendo a escribir, sumando en lugar de dividir, sin caer en la tentación de la condena, sin ponerme la capa y la máscara del justiciero, y sin usar las páginas de los diarios que me dieron un espacio para vender a alguien, por un viaje o un premio, o para atacar desde allí con nombres propios a aquel y a aquellos con quienes tuve conflictos.
Por lo menos, poder decir que luché, y que desdoblé todos los días un papelito en el que había anotado aquellas palabras de Bertolt que decían que había hombres que luchaban un día y eran buenos, pero que había otros que luchaban toda la vida y que esos eran los imprescindibles, y que traté de que aquellas palabras no fueran solo palabras, como tantas palabras. Decir que luché, y que escuché todas las mañanas el lamento de los “muertos de mi felicidad”, como cantaba Silvio Rodríguez, para no matar a nadie por “mi felicidad”, porque estuve pendiente a cada hora de los venenosos dictados de la vanidad. Decir que luché, y saber que actué, que intenté ser consecuente en palabra, obra y omisión, y que traté de valorar más que sentir, con eso me basta.