Alguna vez creí que todos hablábamos el mismo lenguaje, pero con el tiempo me di cuenta de que no era tan así. Creí en el lenguaje de las noticias, y por lo tanto, en las noticias, hasta que de tanto oír y ver y leer noticias me di cuenta de que ese lenguaje noticioso era el mejor disfraz de veracidad que había. Tiempo pasado, objetivo, distante. Qué ocurrió, quién hizo que ocurriera, dónde y cuándo y por qué. Ningún adjetivo calificativo, para que el lector no dudara jamás de que había alguna interpretación del periodista. Una perfecta tercera persona y un lenguaje escueto y gramaticalmente correcto, pues un simple error atentaría contra la credibilidad.
Los periodistas respondían esas preguntas en cinco minutos, mientras los investigadores del hecho tal vez jamás llegaban a responderlas, tras semanas y meses de búsquedas, de pistas, de entrevistas. Y yo creía, por supuesto, como creíamos todos. Si alguien dudaba, otro alguien le decía con tono de solemnidad que lo habían dicho en el noticiero, o que lo habían escrito en el periódico. Con el tiempo descubrí que el disfraz de veracidad había empezado a confeccionarse en las universidades, donde los profesores repetían la vieja fórmula una y otra vez, sin preguntarse de dónde había salido, quién se la había inventado, y sobre todo, por qué y para qué.
Repetían, y luego, en las salas de redacción, volvían a repetir lo que les habían dicho en las aulas, hasta formar esos absolutos que se llamaron noticia, o periódico, o noticiero. El disfraz era y fue y sigue siendo perfecto para inundarnos de información, siempre disfrazada de verídica, y para convencernos de que los buenos eran los que ellos o sus jefes querían que fueran los buenos, y los malos, sus malos, porque los periódicos fueron siempre de alguien y lo siguen siendo, y las agencias de noticias también, y los humanos siempre estuvimos hechos de intereses. El disfraz de veracidad daba y dio para todo. Entonces surgieron oficinas de prensa y agencias de comunicaciones para lavarle la imagen a quien pagara por ello, y en el baile hubo billetes, viajes, invitaciones, premios y regalos para los disfrazados. La noticia se vendió al mejor postor y explotó su propio lenguaje de exclusión.
Un lenguaje de exclusión como el de los economistas y los abogados, los militares o académicos en general, y todo gremio que se preciara de serlo, que yo no lograba entender, porque en lugar de comunicar, era un lenguaje que buscaba apartar, y apartar para poder engañar y cobrar unos cuantos miles de pesos más. Comprendí que la exclusión le daba réditos a quien excluía, y que posiblemente era el mayor de los poderes, pues sumía al excluido en una ignorancia, por no decir, en la ignorancia. En un pedestal estaban ellos con su sabiduría y sus palabrejas, perfectamente estudiadas y discutidas en sus reuniones para ahondar la brecha. Abajo quedábamos los ignorantes.
Los ignorantes que dependíamos, y por depender, pagábamos, obedecíamos, creíamos en lo que decían y en sus promesas y acabábamos por ser, necesariamente, ingenuos. Yo he sido ignorante, ingenuo, dependiente y sumiso. He tenido que pagarle a alguien de lenguaje excluyente una y mil veces para que me solucione uno y mil problemas que él mismo se inventó con su lenguaje. Es decir, no había problema, sino un disfraz de problema.
He obedecido porque he dependido, y he dependido, porque he sido uno más entre tantos millones a los que educaron para ser sumisos, humildes e ignorantes, y para creer que todos hablábamos en el mismo lenguaje, y que quienes no lo hablaban, eran dueños de una verdad absoluta, inaccesible y divina.
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