El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Demonios

20 de julio de 2013 - 05:00 p. m.

Todos los que hablaron con ella terminaron por no creerle.

PUBLICIDAD

Sus padres, sus dos hermanos, el cura que solía escucharla en confesión, las profesoras y las monjas del colegio que intentó incendiar, la enfermera que la atendió después de que se hubiera quemado en la conflagración, y la directora de la clínica de reposo donde terminó. Ni siquiera su abogado defensor le creía. La escuchaba con atención y le sugería que cambiara su versión, “porque, Matilde, ningún juez te va a absolver si le refieres esta historia. Por más espíritus malignos que hayas visto, por más demonios que te hayan poseído, eso no justifica tus actos”.

La estrategia del abogado era tratar de convencer al jurado de que Matilde padecía de un alto grado de esquizofrenia. Buscó y compró testigos, buscó y compró certificados médicos, y con un poco más de dinero consiguió que el juez de oficio asignado al caso determinara que Matilde Leonor Torres atravesaba por “complicados y reiterados períodos de enajenación mental”. No hubo condena. El juez ordenó que a la procesada la recluyeran en una clínica especializada. La familia, los amigos y el abogado celebraron la decisión. Luego de decenas de exámenes, le asignaron la habitación 303. La primera pregunta que le hizo la enfermera que la trataría durante un año fue: “¿Cuándo empezaste a creer en los demonios?”. Ella le respondió que poco después de cumplir 10 años, cuando en la escuela le hablaron de ellos y del infierno, y le dijeron: “Está escrito que el diablo mismo, cuando un soldado le preguntó, estuvo obligado a confesar que si una montaña fuese arrojada al océano ardiente del infierno, sería consumida en un instante como un trozo de cera. Y este terrible fuego no afectará los cuerpos de los condenados solamente en lo externo, sino que cada alma será un infierno en sí misma. La sangre hierve y bulle en las venas, los sesos hierven en el cráneo, el corazón en el pecho se vuelve incandescente y a punto de explotar, los intestinos como una masa al rojo vivo de pulpa ardiente, los delicados ojos en llamas como esferas derretidas. James Joyce”.

La enfermera no pudo repetir palabra por palabra la retahíla, pero recordó ese último nombre, James Joyce, ese nombre que Matilde pronunciaba al final de aquella letanía que se había aprendido sílaba tras sílaba, que la había trastocado, que la había hecho ver demonios en su escuela, cuadros-demonios, hábitos-demonios, puertas-demonios. Aquella letanía, en fin, que la había llevado a incendiar los demonios que veía y debían estar en el fuego del infierno eterno que le habían descrito.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias