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El amor como condena

25 de marzo de 2017 - 08:40 p. m.

Y terminaron condenados a eso y por eso que llamaron amor, intentando ignorar por todas las formas que eran una mutua dependencia, sin enfrentarse a la realidad de que él, Nicolás, se volvió cada vez más radical en sus ideas y en sus actos porque ella, Indira, lo llevó al límite y le decía, con o sin palabras, que si no actuaba y si no pensaba de tal o cual manera, se iba y lo dejaba. Ella se aferró al anarquismo porque necesitaba aferrarse a algo que le diera sentido a su vida, y después se aferró a la fuerza de Nicolás y a su hacer lo que ella le pidiera en nombre del futuro.

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Terminaron condenados porque juraron amarse toda la vida, con pactos de sangre incluidos, y le fueron fieles al juramento, no a ellos, pues cumplir un juramento era ser un activista con todas las letras, y ser un activista era ser mejor persona, y ser mejor persona llevaba a la transformación de un mundo cada vez más podrido, más inhumano, más débil. Ella exigía fortaleza, y desde que se convenció de que su deber en la vida era pelear con el cuchillo entre los dientes por su ideal, se afianzó a ese ideal sin controvertirlo. Era el ideal por el ideal.

El ideal ciego, fanático, con el que fue arrasando y con el que lo enloqueció a él, un necesitado de amor, de un amor que paliara los desamores de su padre y el olvido de su madre, o los desamores que le habían dicho que sufrían los niños cuando sus padres no eran cariñosos con ellos. Y su desamor fue dolor, conflicto, carencia, ausencia, imaginación, y luego, ya de adulto, la razón por la que se prendó de la mujer que, dirían sus amigos y sus pocos familiares, lo llevó a la ruina. Se condenaron porque se hicieron mutuamente necesarios.

Disfrazaron de fortaleza y lucha su necesidad de amor, su debilidad de amor, y se anularon. Una tarde de invierno, él acató todas y cada una de las órdenes que ella le dio. Le dijo que sí, sí, sí; que iría donde ella le dijera y haría lo que ella determinara, que no haría ninguna pregunta. Una semana más tarde debía salir hacia el aeropuerto para ir hasta Perú a eliminar al líder de los opositores, y luego perderse varios meses. Ya en el taxi, divisó a Indira en una esquina. Tembló. Apretó los puños. Sudó. Le pidió al chofer que se detuviera. Se bajó. El amor es más fuerte, pensó.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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