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El desdichado Robert Schumann

10 de julio de 2012 - 06:00 p. m.

Decían, dijeron, que oía voces extrañas y veía fantasmas, que Schubert y Mendelssohn se le aparecían en las noches, y que sus composiciones surgían de ruidos incontrolables que debía transformar en música.

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Decían, dijeron, que era una especie de místico sensato y, como tal, un día veía a Dios, y al día siguiente conversaba con el diablo. Era un hombre, nada más y nada menos que eso. Un hombre que buscó durante sus 46 años de vida la salvación (nació en Zwickau, Alemania, en 1810, y murió en Bohn en 1856). En la música, en la poesía, en sus artículos críticos, en el amor y el desamor, en la filosofía. Amaba y admiraba más de lo que odiaba. Por eso escribió de Chopin en su revista Neue Zeitschrift für Musik: “Quitaos el sombrero, señores: un genio”. Por eso, luego de que Saint-Beuve se riera de Brahms y se preguntara cómo ese gordo iba a hacer algo importante, y después de que un tal Hugo Wolf sentenciara en el estreno de su cuarta sinfonía, según recordaría Ernesto Sábato un siglo y medio más tarde, “Nunca antes en una obra lo trivial, lo vacuo y engañoso estuvieron más presentes. El arte de componer sin ideas ni inspiración ha encontrado en Brahms su digno representante”, después de tanta vileza, Schumann, “el maravilloso Schumann, el desdichadísimo Schumann, afirmó que había surgido el músico del siglo. Es que para admirar se necesita grandeza, aunque parezca paradójico”.

Schumann se arrojó al Rin, despreció la vida, creyó que en la muerte hallaría la paz que anhelaba, detestó a algunos de sus semejantes e intercambió letras con nombres y herederos de nobles como Goethe (el pasado 9 de julio fue encontrada una carta del músico dirigida a Walther von Goethe, firmada el 3 de mayo de 1837, en la que lo invitaba a visitar Zwickau). Amó a Clara Wieck, la hija de uno de sus maestros, y tuvo con ella ocho hijos, pero ese amor lo desbordó. Nunca se sintió a la altura de su amada, nunca se sintió a la altura de nadie. Y el amor, su amor, terminó por convertirse en el más fuerte de los detonantes que lo llevaron una y cientos de veces al asilo de Endenich, y un día de aquellos, a la muerte.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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