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El gran conjuro de fin de año

03 de enero de 2009 - 10:00 p. m.

La fiesta se diluyó con el sol de la mañana siguiente y con el punto final de las decenas de supersticiones que debían cumplirse, como todos los 31 de diciembre.

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Había sido una noche de maletas en la puerta, butacas patas arriba, uvas, lentejas, monedas, ropa nueva y vieja, zapatos rotos, vino, tarot, dados y cartas, con un infinito desfile de mujeres que iban y volvían, gritaban, cantaban, miraban lejos, revisaban listas y se estrellaban con sus distintas “alhajas” entre las manos, para confundirlas luego en el suelo con el respectivo riesgo que la confusión podía generar, porque si en lugar de 12 uvas verdes se comían siete rojas, todo podría trastocarse. Y si en vez de lentejas se guardaban un par de dados en la cartera, el Amor presupuestado sufriría un cambio absoluto.

El menú de agüeros era interminable y contradictorio. Cada objeto debía cumplir una misión, a una hora exacta y con ciertas palabras precisas. La emisora de la radio, las luces, los bailes, los tragos y la comida también parecían hacer parte del conjuro, del gran conjuro de fin de año. Había prohibiciones: no leer horóscopos en periódicos de ayer, no dejar de mirar a los ojos a los compañeros de brindis, no romper espejos, por supuesto, encerrar los gatos negros, los perros negros, los buitres y todo lo que se les parezca, huir de los insectos y no dejar de estar un solo instante con el ser amado (aunque para ellas no sea más que un insecto). A las dos de la mañana de ese embrujado día aún algunas no acababan de cumplir con sus ritos. Una, llorosa, intentaba hallar la fórmula que borrara el primer gran fracaso del año: su novio no había sido el primero en llamarla. Otra, atribulada entre unos zapatos prestados, dos números más grandes que su talla, buscaba una silla muy alta para subirse en ella y dejar que las malas energías pasaran por debajo.

A las tres yo me fui a dormir. El estruendo se fue apagando de a pocos. A las siete de la mañana me levanté, muerto de la sed, con todo el sol encima. Fui a la nevera para buscar un poco de agua. Nada. Por las mesas, nada. De pronto la vi. Era Daniela con ojos de sueño y dos vasos de agua. La salvación de mi vida, pensé, feliz. Se acercó, me sonrió y regó el agua por el lavaplatos. ¿Pero qué haces?, le pregunté. Nada, me deshago del agua que atrapó mis sueños de anoche, y los sueños viejos hay que botarlos.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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