Se cambió el nombre una noche de tragos en cualquier bar del centro de Bogotá pues, decía, dijo, él iba a ser un gran artista.
Firmó un par de servilletas para practicar, y se las regaló al agente musical que lo había contactado. A la mañana siguiente regresó a su pueblo, en el viejo Cesar. Y por allá anduvo tres, cuatro años, hasta que el agente lo llamó porque un buscador de talentos, que en realidad era un buscador de los cassettes que dejaban las grandes disqueras por si acaso, le informó que iba a salir un disco suyo, que se fuera a Bogotá cuanto antes y que allá le contaba bien.
Cuando se encontraron, el agente le informó que en El Salvador habían prensado sus canciones sobre un contrato que él había firmado en su nombre, con los poderes que le había dado aquella vieja noche de tragos, y que él ya había acordado ir a una gira. Carmelo Galiano quedó en silencio. Imaginó la gloria, aquella gloria con la que tantos años había soñado. Miró a su agente, le preguntó qué tenía que hacer, y asintió cuando escuchó que debía sacar el pasaporte, sólo eso. Tres días más tarde se encontraron.
“Déjame ver”, pidió el agente. “No, luego”, respondió él, serio, trascendental. Con los años, diría que no le habían gustado ni su nombre original ni la foto de documento.
Entonces fue a un negocio de fotos y posó “como un artista”, con una mano en la quijada y una lámpara al lado. Al día siguiente volvió por su fotografía. A solas, en su cuarto de hotelucho, la pegó en el pasaporte, y dos horas más tarde salió hacia el aeropuerto. Cuando le pidieron su documento en inmigración, él sonrió e hizo un gesto parecido al de la foto, un gesto de victoria. El funcionario lo miró y le sonrió también, pero al abrir el pasaporte su sonrisa se agrió. “¿Esto es una broma?”, preguntó. “¿Cuál broma?”, le respondió Galiano, aún alegre.
El funcionario le pidió que lo acompañara. Fueron al DAS, confirmaron datos allí, y dos horas más tarde concluyeron que Galiano era inocente, tal vez demasiado inocente como para incurrir en una falsedad de documento. Arrancaron la foto nueva, dejaron la original, y lo dejaron salir hacia El Salvador, donde horas después lo recibió una infinita multitud con pancartas que decían Galy, Galy, te queremos, Galy. Él le preguntó a su agente, a aquel antiguo agente: ¿Y a quién reciben?, antes de que éste le mostrara las amarillentas servilletas de aquella vieja noche de tragos.