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El Papa que fue mujer

16 de noviembre de 2013 - 06:00 p. m.

La hoja de un libro que había arrancado tres años atrás fue la gran prueba que esgrimió un juez para condenarla por conspiración contra el estado.

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 Ella, Magdalena Toledo, ni siquiera intentó apelar la santa decisión porque, diría luego de los cinco años que tuvo que afrontar en prisión, los hombres guiados por la fe, por Dios y demás, se consideraban a sí mismos santos, y como santos, se creían infalibles. Ya lo había vivido varias veces durante su niñez y su adolescencia, con sus padres y profesores. Todos, santos, inmaculados, perfectos, y por lo tanto, poseedores de la verdad.

Tanta perfección la llevó a huir de su casa una noche de viernes, con una mochila y el pasaje del libro que la condenó como equipaje. Huyó porque necesitaba respirar otros aires, conocer otra gente, descubrir la vida. En últimas, romper. Anduvo dos años por pueblos, ciudades y campos. Trabajó como mesera, como vendedora de cachivaches y con artesanías, una de las dos cosas que le sirvieron del colegio de monjas en el que estudió. La otra fue la hoja del libro que le regaló la hermana subversiva de la comunidad, quien más tarde también fue acusada de conspiración.

Se la entregó en un sobre muy de madrugada el día de su graduación. “Para que te dé fuerzas cuando te sientas débil”, le escribió, sin destinatario ni firma para que nadie sospechara. Magdalena la guardó con celo. Era la motivación que necesitaba cada vez que sentía que la vida la desbordaba, la que le dio valor para decirle un día al hombre que la juzgaría que no le iba a dar la noche de placer que le exigía. Luego vino la venganza. El juez reunió a sus tres testigos, a dos investigadores de bolsillo, y consiguió la hoja de la condena.

Era la historia de una mujer llamada Juana, nacida en Maguncia en los años 800, elegida Papa por unanimidad, y quien dirigió la iglesia católica durante dos años, siete meses y cuatro días. Juana tuvo que disfrazarse de hombre para poder estudiar, primero en Atenas, y luego en Roma. Siendo “papa”, quedó embarazada. Su “pecado” quedó al descubierto durante una procesión. Dio a luz. El pueblo, iracundo, horrorizado, se lanzó contra ella. Entre varios hombre la ataron a un caballo, lo azotaron, y Juana fue arrastrada y apedreada hasta fallecer. Después de su muerte, se volvió costumbre que el sillón en el que se sentaran los papas elegidos tuviera un agujero para que un novicio constatara, con sus manos, si el ungido era varón.

El texto iba acompañado por una pequeña ilustración. Cuando el juez dictó su sentencia, mostró la hoja como prueba indiscutible del carácter subversivo y peligroso de la acusada, se la entregó al jurado, la recuperó, y enfrente de Magdalena la rompió en pedacitos.

 

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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