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El portero del fin del mundo

10 de noviembre de 2012 - 06:00 p. m.

Después de un tiempo no tuvimos más remedio que llamarlo el portero del fin del mundo. Al comienzo, cuando empezábamos a conocerlo, lo saludábamos con los escuetos formalismos de las buenas tardes don Diego, que tenga usted buenas noches.

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Él devolvía los cumplidos con una leve inclinación de cabeza y una sonrisa a medias, entre tímida y burlona. Supimos que había nacido al sur, muy al sur, en las últimas tierras de la Patagonia, y que había comenzado a trabajar en el aeropuerto de El Calafate a los 25 años, primero como barrendero y, más tarde, como portero. Era el encargado de abrir y cerrar el aeropuerto, el hombre que apagaba las luces y cerraba con llave la puerta.

Cuando lo conocimos, que fue verlo nada más, se marchó a las once y media de la noche, después de que se hubieran ido los pasajeros del último vuelo que había aterrizado, proveniente de Buenos Aires. Nevaba. Los niños, felices, hacían muñecos y bolas y se las lanzaban a la cara, sonrientes, plenos. Los mayores caminaban, tanteaban el piso, lentos, temerosos, pero también felices. Lo volvimos a ver cinco días más tarde, en el mismo aeropuerto, claro, después de haberlo esperado 15 minutos. Él se disculpó. Nosotros también. Digamos que él había tardado cinco minutos y nosotros habíamos arribado 10 minutos antes de tiempo. Las excusas fueron el pretexto para conversar e intercambiar teléfonos y direcciones.

Dos años atrás, un día cualquiera, timbró en nuestra casa y nos informó que se había venido a Bogotá para cambiar de vida. Que necesitaba acción. Se hospedó con nosotros por dos meses y unos pocos días más. Nos contó que durante sus cinco años de portero había conocido a presidentes, reyes, artistas, futbolistas, vagabundos y a una señora que había dormido allá dos semanas; que había visto a un hombre arrojársele a un avión mientras despegaba y a un avión derrapar sobre la nieve e incendiarse casi ante sus ojos, y que había tenido que ayudar a trasladar el cadáver de Néstor Kirchner. “Pero nada rompía mi rutina”, decía. La noche antes de que se fuera, llegó con una mujer de dudosa procedencia, que a los seis meses salió en la portada de todos los diarios, acusada de descuartizar a su pareja.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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