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El proyecto de vivir

11 de octubre de 2014 - 09:00 p. m.

Un proyecto para rebajarle al odio de todos los días, a la angustia de cumplir con todos, que debería ser con nadie, porque en el momento de pagar impuestos o de soportar el dolor, casi ninguno se va a acercar más allá de la diplomacia y la hipócrita frase de estoy contigo.

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Un proyecto, otro proyecto, por favor, para soportar las puñaladas, la infamia y la mezquindad, que, en últimas, son la humanidad de todos los días, la humanidad de las oficinas y el 8 a 5 y el jefe que todo lo sabe y todo lo decide, la humanidad del yo no me dejo y soy vivo y atropello para ascender, y asciendo para imponer y oprimir, y oprimo para tener más y aparentar más, y en ese tener y aparentar me extravío para no pensar en lo esencial, me abstraigo para no aceptar que es el odio la fuerza de mis motivaciones, y es el triunfo mi venganza contra el mundo.

Un proyecto en serio para después del horario al que nos confinaron. Un proyecto, no importa cuál, para ser nosotros, mientras de día jugamos detrás de un escritorio a cumplir con el mundo, a cambio de un salario que de todas maneras nunca alcanza, y con el que tal vez jamás consigamos lo que nos prometieron: la casa, el carro, las vacaciones, el estudio o, en últimas, la felicidad. Un plan B, que en realidad debería ser un plan A, o el Plan. Esa es la salvación, quizá la única salvación: un libro, una película, un jardín de rosas, una colección de muñecos, un robot que descifre los sueños, un violín o una guitarra o un viaje interminable con un millón de escalas. O la contemplación y sólo eso.

Un proyecto. “Yo ya no aspiro a mi felicidad, aspiro a mi obra”, como decía un filósofo. “Tengo un proyecto: volverme loco”, como decía un escritor. Obra o locura, locura u obra. No importan la palabra o su significado, importa que son proyectos. La obra de Nietzsche fue su felicidad, tal vez su única felicidad. Y fue su gran convicción, más allá de sus migrañas infinitas, de que sólo se hubieran vendido 85 ejemplares de su Zaratustra y de que el mundo lo hubiera apartado en su demencia. La locura fue parte del proyecto de Dostoievsky, que bajaba a los infiernos para conocer a los hombres, al hombre en su más real dimensión, la infernal. Bajaba desde la locura a sus personajes, y luego retornaba para escribir y escribirlos a ellos. Su proyecto era la locura. El resto era lo que le servía para sobrevivir, pero sobrevivir no le interesaba demasiado.

Un proyecto para desahogarse, y que el tiempo decida muy luego cuál era la rutina, y cuál, el desahogo. Un proyecto distinto, nocturno ojalá, casi imposible, para permanecer en el mundo con una obra, la que sea. Para dejar una huella. Para que con los años un descendiente escarbe y descubra que su bisabuelo dedicó sus más preciadas noches a construir una obra, y que la obra era él en sus carencias y en sus ilusiones, en sus cualidades y en sus defectos, en sus miedos y su atrevimiento. Él en su más auténtica versión.

Un proyecto para soñar, para imaginar que aquellos que pasaron por encima nuestro se retuercen al ver que somos felices con ese proyecto, y más felices aún, con nuestra venganza. Un proyecto para respirar, para olvidar, para no contaminarnos, para perdonar e ignorar el día a día, para matar de envidia y después morir.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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