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El reino de los imitadores

25 de octubre de 2014 - 10:00 p. m.

Él creyó que la vida era una eterna imitación. Vivir para imitar e imitar viviendo.

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Y era él, pero también era yo, y también era usted y usted y usted. Imitó a los mayores cuando era un niño. Jugó a ser ellos, en sus vestimentas, en sus gestos, en sus trabajos, y jugó a ser mayor en el amor y por eso besó a su compañera de pupitre una tarde de jueves, vestido de saco y corbata, como los detectives que veía en televisión, que siempre besaban a una hermosa mujer. Jugó a eso, al detective, y al astronauta después, y al marino, y al científico de pelos blancos alborotados, y al músico y al mago. Jugó.

Jugó luego, ya de adolescente, los mismos juegos y algunos más con tragos de por medio, con cigarrillos y otros besos, y tal vez caricias y más besos, porque los adultos lo hacían, y si los adultos lo hacían, él debía hacerlo pues ellos, pensaba y decía, eran la verdad, el bien, el ejemplo, sus referentes, el modelo a seguir. Jugó con menos seriedad que antes, pues ya era casi grande, pero los imitó con mayor precisión, casi con solemnidad: en la imitación se jugaba la vida. Imitó sabidurías, y aprendió lo que le dijeron que debía aprender, y eligió carrera, universidad, novia, postura y pensamiento, todo eso y mucho más, por imitación.

Con el tiempo los imitados se multiplicaron. Eran los mayores, sí, y eran sus hermanos, y sus amigos, y los vecinos, y eran la televisión y el cine y los diarios y cientos de miles que pretendían ser imitados con sus manuales para amar, triunfar, tocar, reír, amar, viajar, esperar… Vivir. Imítame que luego yo te imitaré a ti, quiéreme para quererte, apláudeme para aplaudirte, y cuidemos así, entre todos, el sistema de cosas que tanto nos ha convenido. Todos dictaban lo que debía imitarse, y a la vez, imitaban. Imitados e imitadores iban en el mismo tren y se relevaban casi sin proponérselo.

A él nadie nunca le dijo que era un simple imitador, y no tenía tampoco a quién imitar en sus disidencias ni a quién seguir en sus rebeldías. A fin de cuentas, todos vivían en el mismo reino, todos habitábamos el mismo universo y recorríamos el mismo camino, él, usted y yo. Los que no imitaban eran locos, y así los estigmatizaron. Locos, artistoides, dogradictos, irreverentes. Los distintos eran desadaptados. Los diferentes eran asesinos en potencia, gente a la que había que mantener a raya, no fuera a ser que a algún descarriado le diera por imitarlos precisamente a ellos.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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