El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Ella

14 de abril de 2012 - 08:00 p. m.

Los mariachis irrumpieron con una atronadora sucesión de trompetas, violines y guitarrones, y detrás de ellos apareció un hombre de bigote, sombrero en mano y voz ronca que cantó “Me cansé de rogarle… me cansé de decirle… que yo sin ella de pena muero…”.

PUBLICIDAD

La sala reventó de aplausos y vivas, pero el hombre siguió sobre el barullo: “…Ya no quiso escucharme… si sus labios se abrieron fue pa’ decirme ya no te quiero”. En un instante, su voz silenció a los 100 ó 150 invitados que lo miraban como si no creyeran que fuera él, y del silencio pasaron a un murmullo de interrogantes. Él sonrreía, más allá de que cantaba “…pero aquellos mariachis y aquel tequila me hicieron llorar…”. Sonreía porque intuía que nadie lo esperaba.

Dos niños, como hipnotizados, lo recorrían de abajo arriba. Los zapatos, los pantalones, los botones del saco, las guirnaldas, la camisa blanca inmaculada, el sombrero negro y las estrellas que brillaban. Lo recorrían desde sus manos gruesas, poderosas e inmortales, hasta su boca y sus ojos, pequeños y tristes, aunque agresivos. Y lo oían decir, cantar: “…Yo sentí que mi vida se perdía en un abismo profundo y negro como mi suerte…”, pero no entendían nada. A los cinco años, no podían saber nada del amor. El hombre se apoderó de la sala, los acarició por la cabeza, les sonrió y se soltó de pronto, con un agónico final. “…Era el último brindis de un bohemio por una reina…”. Los mariachis callaron de repente y el hombre habló. Explicó que iba a decir los versos que jamás se habían grabado de su canción, los versos originales, estrenados un domingo en Guadalajara. Sonaron de nuevo las trompetas, los violines, y él cantó: “…Y se fue para siempre, no recuerdo si al irse me dijo adiós o se fue en silencio, sólo sé que mi vida se llenó de tristeza, porque amores como esos, cuando se alejan no vuelven jamás…”. Cuando terminó, la gente se le fue encima. Algunos tomaron fotos y otros le pidieron autógrafos. Unos más le rogaron que cantara otra vez. Y le pedían María la bandida, El caballo blanco, El rey y Llegó borracho el borracho. Los niños lo abrazaron como pudieron, sólo porque todos los adultos también lo hacían. Su nombre, José Alfredo Jiménez. No les decía nada. Luego, con los años, ellos mismos dudaron de la veracidad de aquella tarde en Bogotá, tal vez porque cuando la contaron nadie les creyó.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias