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Ella, la autoridad y sus noches

19 de septiembre de 2015 - 09:00 p. m.

Ella, que se viste de uniforme todas las mañanas y cree que el uniforme le da sabiduría, que lo mantiene impecable porque considera que la extrema limpieza de una tela y unas estrellas le confiere autoridad.

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Ella, que con esas certezas se va a trabajar cada mañana, con la frase Yo no me dejo rondándola durante la hora y media de trayecto en bus y unas profundas ojeras que no puede borrar. Ella, que se siente adalid de la patria. Ella, que sin haber tomado conciencia de qué es la patria y quiénes son sus dueños, defiende las posesiones de aquellos que la han conminado a vivir de un sueldo mínimo, en una casa mínima y en mínima condiciones. Y dice y se repite Yo no me dejo, y con esa premisa clavada en el pecho se acomoda en su lugar de trabajo para decidir el ingreso o la expulsión o el drama de cientos de viajeros. Recibe documentos, mira a los ojos, comprueba, pregunta, y de pronto siente que alguien le ha respondido como no quería.

Ella, que le vuelve a preguntar al viajero a qué hora es su vuelo, percibe una mirada de fastidio, y la mirada de fastidio de su ocasional interlocutor va acompañada de un tono que no le agrada. Es que no sé el nombre del hotel en el que me hospedaré, le dice. Ella percibe agresividad en esas palabras. Son sus percepciones, nada más que sus percepciones, pero la hora y media en bus, su vida mínima, sus horarios estrictos, agudizan esas percepciones, que se transforman en amenaza, y por último, en eso que le dijeron tantas veces en tantos cursos de seguridad, irrespeto a la autoridad. Ella es la autoridad, piensa. Está convencida de eso, se lo han repetido una y ml veces, y como es la autoridad, le dice al viajero que vaya con ella y lo lleva a una especie de sótano con otros uniformados. Les entrega sus documentos y les dice que el señor está detenido hasta que se solucione el extraño asunto de que no sabe a qué hotel llegará, y que ha sido irrespetuoso con la la autoridad. El viajero la escucha y quiere protestar. Sin embargo, le aconsejan que guarde silencio y que espere.

Ella, que se marcha, con pasos firmes, erguida, va convencida de que ha cumplido una vez más con su deber, aunque nunca se haya preguntado cuál es su deber, ni por qué ni para qué. Le han dicho que su deber es defender la patria, y ella ha obedecido siempre, porque sueña con que algún día la promuevan y la asciendan. Sabe que mientras más detenidos tenga en su haber, mayores serán sus posibilidades de ascenso, porque los viajeros son todos sospechosos, no importa de qué, pero sospechosos, y hay que infundirles temor. Ella, que se vuelve a ubicar en su puesto de trabajo, que es decir de combate, retorna a su rutina, que incluye detener a uno de cada veinte viajeros, sea quien sea y diga lo que diga. Los lleva al sótano, los inculpa de irrespeto a la autoridad, y allá abajo, luego, los otros uniformados terminan la tarea de atemorizarlos con espera y silencio. Entre tanto y tanto, los acusan de sacar fotos cuando se levantan buscando una señal para sus celulares. El prontuario de faltas aumenta.

Ella, que a las cinco de la tarde se devuelve a su casa, llega y descansa dos horas, se baña, se maquilla, se viste con una falda corta y una blusa escotada, se pone unas medias de seda y liguero, y a las nueve va en busca del primer cliente extranjero de su noche.

 

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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