Tenía de mánager a un coronel de apellido Parker, quien podía perder un millón y medio de dólares en el casino en una sola noche, y de guía espiritual a su estilista, Larry Geller, un hombre que le decía: “Para encontrar a Dios debes ser paciente y dejar tu ego”.
Comía tocineta, puré de papas, chucrut y tomates, toda la vida tocineta y chucrut y puré de papas y tomates. Probaba y tomaba drogas para dormir, para despertarse, para el dolor, para la ansiedad; en últimas, para enfrentar la vida. Al final, su preferida era el Dilaudid, cinco veces más fuerte que la morfina, una droga para aliviarle el dolor a los enfermos terminales de cáncer. El día de su muerte, 16 de agosto de 1977, 3:45 p.m., según el dictamen oficial médico del Hospital Baptista de Memphis, Elvis Presley jugó squash en la madrugada, tocó piano, cantó algunas de sus canciones preferidas, se enojó, rió, maldijo y se encerró en el baño de su mansión, Graceland, para descansar de todo y de todos. Su novia, Ginger Alden, lo encontró allí, tirado en el piso, horas más tarde. La ambulancia tardó 20 minutos en llegar. La noticia se difundió poco después de las cuatro de la tarde. Nadie podía creer su muerte, más allá de que todos sabían que era inminente. Ese día, Presley debía salir de gira hacia Portland. “Le debo mucho a mucha gente”, les dijo a quienes quisieron detenerlo, a aquellos que presagiaban la peor de las tragedias. El coronel Parker lo necesitaba. Todos lo necesitaban. Días antes, en una de sus últimas crisis, casi en estado de coma, Parker le advirtió a su círculo más íntimo: “Lo único que importa es que este hombre suba esta noche al escenario, y lo hará”.