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En el filo del amor

24 de enero de 2020 - 08:18 p. m.

Te presiento en el filo de uno de esos amores fáciles de estos días, surgidos de la publicidad, de la alegría, del creer que con solo el sentimiento basta y que todo son sentimientos porque nos lo dicen en la televisión, en las vallas de la calle y en las redes sociales. Y el amor vende, claro que vende. Por eso los mercenarios todo lo venden. Lo promocionan, lo multiplican. Una cerveza es amor. Un carro es amor. Un viaje es amor. Con amor, todo el mundo compra. Con amor, todo el mundo paga y se va con una estúpida sonrisa y su caja de falsas ilusiones envuelta en amorosos papeles de muchos colores. Con amor, todo el mundo cree que es feliz y que con esa felicidad de tres pesos alcanza. Y cree que esa felicidad es el último e inmenso objetivo de la vida.

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Te presiento en el amor de los manuales y los tips, instruida en las cinco cosas que debes hacer para amar, y en las cinco que no debes hacer y, por si acaso, en las cinco que deberás poner en práctica después para desamar. Te presiento en el beso perfectamente analizado, según los consejos de un youtuber, y en la caricia prevista, a la hora acordada, con el ritmo y la intensidad adecuados, de acuerdo con los estudios sobre la sensibilidad realizados por alguna prestante universidad especializada en métricas del amor. Te presiento medida y medidora de gustos, pasiones y sueños, leyendo poemas recomendados por las tendencias de la gran red, y escribiendo tu diario con las palabras y los ritmos indicados en esa misma gran red.

Te presiento al borde de la contaminación, alienada por el incesante bombardeo de triunfos, metas, premios y producción al que nos someten día tras día, hora tras hora, enamorada y pendiente de aquellos que, según tú, deberían cambiarnos la vida simplemente porque están en un cargo y salen todos los días en los periódicos y noticieros, convenciéndote de que realmente son importantes. Te presiento desafiante, por bailar y cantar como te lo enseñaron desde niña, y rebelde, por enfrentarte al mundo y a las viejas normas, con las normas que te inculcaron los múltiples profesores que has tenido desde que cumpliste tres años.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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