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En estado de rabia

07 de enero de 2017 - 08:26 p. m.

¿Pero de qué habla usted, señor, de qué habla usted, y de quién, si pareciera que alguien le ha puesto las palabras que dice y que escribe en su boca? ¿De qué habla usted, si usted mismo sabe que es un parlante de quienes le pagan, de quienes le han dado sus premios, de quienes lo halagan para que siga siendo su caja de resonancia? ¿De qué habla usted hoy y de quién?

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Mire que ayer me encontré con un poema de Octavio Paz que decía “Mi padre, al tomar la copa, me hablaba de Zapata y de Villa, Soto y Gama y los Flores Magón, y el mantel olía a pólvora. Yo me quedé callado: ¿de quién podría hablar?”

A mí en la calle me hablaban de Camilo Torres y del Che, y más a escondidas, en oscuros bares de enruanados, de Guadalupe Salcedo y del verdadero Manuel Marulanda y de María Cano. Luego me hablaron de Pizarro y de Bateman, de Allende, y me ponían músicas de Víctor Jara y de Violeta Parra y Mercedes Sosa y de tantos otros. Aquellas charlas sabían y olían a libertad, a justicia, a lucha, y las historias de aquellos personajes fueron historias que se quedaron conmigo por días y semanas, por años, y me trazaron rumbos, peleas por dar, libros por leer, canciones por oír. No sé hasta qué medida, pero me forjaron para ser quien he sido. 

Usted supo quiénes eran, y en su magnánimo y doble discurso, solía nombrarlos cuando se tomaba unas cervezas, e incluso, lograba convencer a unos cuantos de que sus ideales eran los ideales por los que ellos murieron. A mí también me convenció por un tiempo, pero luego me fui dando cuenta de otros asuntos. Comprendí que su discurso era sólo eso, un discurso. Un montón de párrafos que pocas veces tuvieron que ver con las acciones; frases manidas, repetidas, que usted elegía y ponía en escena. Palabras, no sentimientos. Letras y letras, no actitudes. La verdad fue que usted había comenzado a oír hablar de otros personajes.

Y usted mismo habló de ellos, y luego escribió sobre ellos, porque fueron ellos los que lo subieron a un pedestal. Obnubilado, olvidó el por qué y el para qué había decidido ser periodista. Multiplicó la supuesta idea de que las revoluciones habían sido un fracaso, igual que los hippies. Apuñaló los ideales del pueblo, y los reemplazó por blandas solidaridades que se forjaron alrededor de ficticias patrias e ilusorios futuros. Armó un ejército de creyentes que difundieron sus mismas tesis, una y otra vez y de generación en generación, y entre todos fueron eliminando, matando el deseo por subvertir.

Por usted, o por oposición a usted, comprendí que aquellos tipos de quienes me hablaban los viejos enruanados tenían, sobre todo, fuerza, valentía, que suelen ser las cualidades más importantes. No fue por inteligencia únicamente que cambiaron las cosas. No fue de humildad ni de sumisión ni de paz de lo que estuvieron hechas sus obras. Usted siempre lo supo, igual que yo, pero prefirió empezar a hablar de perdón y de tolerancia, mientras yo elegía mantenerme en estado de rabia. Usted hablaba de progreso, de producción, de ingreso per cápita, de Productos Internos Brutos.

Yo prefería hablar de caminos, de lucha, de tener otros proyectos, de vivir, y me ilusioné con que se podía cambiar el orden de sus cosas el día que alguien se atreviera a decirle a otro y a otros que la vida no era progreso y producción, que esa era una retahíla que nos metieron sus amigos, señor, a quienes les convenía que produjéramos y nos endeudáramos y demás. Usted hablaba de metas. Yo eligía los procesos. Usted hablaba de las tradiciones, esas que lo encumbraron. Yo jamás dejé de recordarle que las tradiciones las formábamos entre todos, y que podían transformarse.  En sus términos capitalistas, yo perdí la batalla, lo admito, pero en mis términos idealistas, usted perdió su vida.

 

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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