Una novela interminable, ese era su gran proyecto.
Una historia que no acabara jamás, como la de Michael Ende, y que le diera sentido y fuerza a cada una de las horas de cada uno de los días de su vida, porque en las noches se sentaría a escribir de nuevo lo que había vivido y sentido y padecido durante las más recientes 24 horas.Cada persona de la calle, cada diálogo, el bus, el taxi, la bicicleta, la mujer que iba en una moto y el señor de setenta con su bastón, todos serían parte de su novela, del último día de su novela sin fin. A la mañana siguiente habría otras circunstancias y otros personajes. Todos le interesaban.
Desde que decidió comenzar a escribir su infinito relato, el mundo, la vida y sus protagonistas habían multiplicado sus dimensiones. Por eso ya no le parecía aburrido el hombre más aburrido del mundo. Por eso ya no le parecían altanero el más altanero, ni pedante el más pedante. Eran una especie de objeto de estudio, de objeto de escritura; ensayos andantes que él plasmaría en sus páginas cada noche, pues en últimas, eran los personajes de su historia, y como personajes, debía conocerlos, retratarlos, comprenderlos, escudriñarlos, e incluso aprehenderlos, si eso hubiera sido posible. Describirlos y escribirlos era su fin, dentro de un fin que pretendía no terminar jamás.
Escribir era el camino, y el camino era en sí mismo su destino. Mientras escribía, había vida. Los personajes iban y volvían y sufrían y amaban y se tocaban y se odiaban. Mientras escribía, él vivía. Poco a poco los halagos y los premios y los nombramientos fueron importándole menos, simplemente porque había comprendido que provenían de un ser humano como él, tan humano como él, tan interesado, caprichoso y vanidoso como él, tan no verdad absoluta como él. Escribir era su premio, un premio que se renovaba todos los días, y que era, ante todo, sentir el camino, vivir el camino sin anhelar la meta. Su camino era el camino a Itaca de Kavafis, y lo importante es el camino de Fito Páez.
Su camino era “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”, de Machado, y un cigarrillo en la boca, el café de la mañana y un whisky por las noches. Su camino eran sus frases sin fin, sus palabras, los tachones, el volver a empezar. Por eso cuando murió sólo encontraron un párrafo de su novela interminable.