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Escribir para salvarnos

15 de agosto de 2015 - 09:00 p. m.

Escribir para plasmar lo que vivimos, para ponerle un sello a un momento y decir esto fue lo que ocurrió, y esto fue lo que sentí y lo que pensé mientras ocurría, y antes y después. Escribir para entender lo que hicimos y lo que no y por qué fuimos incapaces de hacerlo.

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Y escribir y comprender para no juzgar. Escribir siempre, todos los días, porque la memoria es frágil y suele acomodarse, porque lo que nos dicen los demás sobre un hecho es sólo su recuerdo y, tal vez, su interpretación, pero sólo nosotros sabemos lo que aconteció y las razones y las sinrazones. Sólo nosotros podremos explicar qué nos llevó a ese beso robado, a ese adiós intempestivo, a una renuncia o a una traición, y sólo con nuestras palabras podremos desentrañar los porqués de los porqués.

Escribir a las dos, tres o cuatro de la mañana, porque ese proyecto que nos salva del hastío, de la náusea, del olvido y la indiferencia requiere de nuestro sacrificio, de nuestro cansancio también, de nuestras pulsiones y nuestro insomnio. De que el primer paso sea un segundo paso, y luego esos pasos sean miles de pasos que nos lleven a una caminata sin fin, porque en el escribir no hay un fin, sino una infinita sucesión de puntos finales, y no hay más inspiración que la magia que nosotros mismos producimos escribiendo. Cada párrafo es un poco de nuestra vida, por eso es único e irrepetible. Cada palabra es la manifestación de lo que hemos vivido, porque en ella están nuestra infancia y nuestro barrio, nuestros dolores y alegrías, nuestros amores y desamores, nuestras angustias y celebraciones.

Escribir para encontrar nuestro rumbo, que es nuestro estilo, que es nuestra vida, que es nuestro sello. Escribir para apartar del camino a aquellos que dicen en tono rimbombante “se escribe así”. Escribir siempre, todos los días, y convencernos de que con palabras construiremos mundos, personajes, vida. Que con ellas nos vengaremos de quien nos humilló, y con ellas nos amará quien nos despreció. Escribir con ese ego que sólo pueden tener los inmortales, que desechan los placeres del día a día porque aspiran a vivir en la eternidad, y escribir ignorando las sentencias de los “iluminados”. Escribir, porque algún día los aburridos, los necios, los grises y los indiferentes de la vida real pueden encontrarse en una escena, y porque sólo escribiendo podremos desenmascarar a los vendidos, los soplones, los guerreristas, los asesinos y los corruptos.

Escribir con hambre y dolor y odio, si es necesario, porque el hambre o el dolor o el odio pueden ser hambre y dolor y odio de nuestros personajes, que siempre, de una u otra forma, somos nosotros, porque nosotros somos eso, y rencor, ofensa, ataque y delirio, cuchillada y amargura, como estas palabras escritas a las cinco de la madrugada.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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