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Fantasmas

26 de septiembre de 2015 - 09:00 p. m.

Alguna vez me dijeron que a los fantasmas había que enfrentarlos y matarlos, y yo lo creí, y por ir matando fantasmas fui matando recuerdos, y por matar recuerdos maté vida, mi propia vida.

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Maté al fantasma de la niña de 12 años que me negó un beso, y maté al fantasma del compañero de pupitre en la escuela que se burlaba de mis silencios. Maté al fantasma del alumno de último grado que en una fila me dijo amargado y acuchillé al de un cura que me hacía cantar a los Beatles porque, decía, yo tenía un hermoso acento británico. Maté fantasmas, decenas de cientos de fantasmas que ayer comencé a resucitar, uno a uno. Resucité al de la niña que me negó aquel beso, porque más allá de su gesto estaban su mirada y sus tiernas y pálidas manos que parecían siempre buscar burbujas de jabón. Resucité al del compañero que se burló de mis silencios, y al del alumno de último grado y al del cura, pues con el tiempo comprendí que yo era silencio, amargura, algo de Beatle, y que como la niña con sus burbujas, perseguía sueños. Hoy sé que los sueños hay que buscarlos, que en ese buscarlos está el secreto de la vida, y que tras ese secreto se esconden las decenas de fantasmas que quise matar.

Fantasmas que me hirieron, que me golpearon y humillaron, fantasmas que me sonrieron, que me regalaron dulces y acariciaron, fantasmas que me asustaron, fantasmas que un día me besaron en la boca, fantasmas que encendieron cigarrillos con mis cigarrillos y que me amarraron a la pata de sus camas.

Fantasmas que prostituyeron las palabras sueño, paz, amor, futuro, y las volvieron mercancías, y fantasmas que en sí mismos fueron mercancías y me dieron fuerzas para no imitarlos. Fantasmas de mercaderes de diplomas y doctorados, y fantasmas de alumnos que los coleccionaron, como si de esos cartones emanara sabiduría. Fantasmas como los de la canción de Chico Buarque, “Oh, qué será, qué será”, “y el fantasma tuyo sobre todo”, de Charly García. Fantasmas de arrogantes catedráticos convencidos de ser la verdad y de humildes artesanos convencidos de que la verdad siempre pende de un hilo. Fantasmas ceñidos a leyes escritas por sirvientes del sistema y fantasmas acribillados por oponerse a ese sistema. Fantasmas que me dijeron “prohibido olvidar”, y fantasmas sin memoria. Fantasmas que nacieron muertos porque en vez de vivir existieron, sólo cumpliendo normas, horarios, órdenes, leyes, esperando años y años una jubilación y después morir, y fantasmas que llegaron tarde a su muerte. El fantasma de Canterville, El fantasma de la ópera y el de la mujer sin nombre que bailó conmigo Sonido bestial y me abandonó sin decir adiós para que jamás la olvidara.

Rostros, gestos, palabras, hechos, nombres de fantasmas que amenazaron con disolverse entre otros hechos y otros rostros de otros fantasmas y hoy están de nuevo acá, conmigo, con sus secretos, con mis secretos, y me recuerdan que para ellos, yo también soy un fantasma.

 

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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