Fronteras que son cadenas, cadenas que son prisiones, prisiones que son la muerte sin certificado de defunción.
“Propiedad privada”, dice un letrero, “prohibido el paso”, aclara, con letras rojas, muy rojas. El letrero se repite una y mil veces, en uno y mil idiomas distintos, más allá y más acá de alguna frontera que algunos decidieron trazar para dividirse la tierra, disfrazando su avidez con códigos, constituciones, escudos, himnos y banderas, y con lemas de prosperidad y libertad para todos.
Decenas de miles intentaron e intentan cruzar una de esas divisiones. Muchos murieron en el intento, porque más allá o más acá de una cerca o de un río, las leyes, o las reglas de convivencia, las reglas del juego, eran y son distintas. Más allá o más acá de un camino, las condiciones cambian, y para atravesarlo se requieren permisos y sellos, porque algunos decidieron y siguen decidiendo que para pasar al otro lado, otros “algunos”, designados por los primeros, debían y deben autorizarlo.
Fronteras, reglas, leyes, manuales. Grilletes, cadenas, armas, barrotes. Tratados escritos por expertos sobre uno u otro tema, en los que se determina cómo deben hacerse las cosas, e incluso, cómo debe vivirse la vida. Tratados que son cadenas y que repiten y repiten viejos preceptos, multiplicados por viejos profesores, viejos padres, viejos jefes y viejos sacerdotes, que en lugar de permitir descubrimientos y caminos, eligieron adoctrinar y dogmatizar para que todo siguiera igual y ellos fueran encumbrados a ser poseedores de la verdad.
Fronteras por la tierra, por el mar y por el aire. Fronteras en la mente y en el cuerpo. Fronteras que envenenan y paralizan. Fronteras para el amor, para la creación, fronteras entre la cordura y la locura, y fronteras para definir lo que es y lo que ocurre con palabras que también son fronteras. Medidas y horarios que son fronteras, y sueños divididos por fronteras y dos palabras que nos dejaron caer con el peso de un yunque: posible e imposible.
Fronteras que separan, que califican y descalifican. Fronteras clasistas, justificadas por el término estrato, y fronteras racistas, determinadas por colores. Fronteras, en fin, que bajo el precepto de orden, aniquilan, segregan y matan.