El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Guerra

13 de agosto de 2011 - 08:00 p. m.

La guerra, usted no sabe lo que es la guerra, musitó luego ella, la misma no mirada de siempre.

PUBLICIDAD

El terror como una sombra que te persigue a cada instante, sin darte respiro, con su aliento húmedo y podrido al acecho y sus pasos pesados, fríos, taladrándote los oídos. Todo es un posible disparo, una granada, todos en la calle son posibles enemigos o la muerte misma. Delatores, traidores, asesinos, por dos monedas se les vendían a los rubios para pasarles información o para ahorcarte ellos con sus propias manos. Después te irían a cortar las tuyas para recibir la recompensa. Las vidas de un niño, de una mujer, de un anciano o un hombre no eran más que eso, una recompensa de dos o tres monedas que siempre hacían sonar para que el terror fuera mayor, para que no lo olvidaras nunca y en medio del pánico te ofrecieras tú también a delatar al sospechoso o a cualquiera, porque es el pánico que usted no conoce el que lo conduce a uno a las bajezas más despreciables, es el pánico el que hace que uno abra las piernas, mienta, delate, mate y corte manos que alguna vez tocaron, acariciaron, amaron o rezaron.

Yo sobreviví a la guerra sin poder pensar en nada distinto a salvarme. Eran la muerte y su aliento y las monedas y las manos o mi vida, porque en la guerra no hay dos bandos, hay un enemigo rubio y grande, uniformado, y del otro lado millones y millones de inocentes que no atinan a unirse ni a protegerse sino a salvarse. En la guerra no hay honor, no hay dignidad, sólo traidores, miles y miles de diminutos traidores que de tanto traicionar ya ni siquiera saben que traicionan, pues lo único que les importa, lo único que nos importa, es vivir un día más. Si nos disfrazan de hombre y nos meten en una capucha para ir por la calle a señalar culpables de lo que sea, lo hacemos, nos detenemos enfrente del que tenga más cara de cobarde y le arrojamos una moneda, de nuevo las monedas, ¿vio usted?, porque es ese, al que no conocemos, contra uno, contra ti.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias