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Historia oficial

10 de octubre de 2015 - 09:33 p. m.

Amábamos con el amor de las horas contadas, pues había un poco de muerte en todos nosotros.

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Por eso solíamos mirarnos como si fuera el último día de nuestras vidas, y a veces nos ignorábamos y luego nos buscábamos. Vivíamos en un permanente estado de paranoia porque sabíamos que en cualquier esquina y por cualquier razón nos detendrían, y después de la detención vendrían las preguntas, los empujones, los insultos, las torturas, y al final, seguro, morir. Soñábamos sueños imposibles porque no creíamos en lo imposible.

Teníamos miedo, también, sobre todo cuando pensábamos en el miedo, pero con ese mismo miedo nos volvíamos temerarios y salíamos a luchar por nuestras verdades. Luchábamos, que era lo único que siempre podríamos hacer. Luchábamos hablando, convenciendo, debatiendo, cantando, repartiendo panfletos con poéticas consignas, e invitando a mítines que nos conmovían y nos daban cada día más fuerza.

Nos repetíamos todos los días que si dos poetas se reunían, hablarían de poesía, y dos músicos harían una canción, y entre poetas, músicos, pintores, filósofos y escritores podría cambiar una sociedad, por eso abrimos espacios para que todos escribiéramos y pintáramos, para crear un mundo distinto. Estábamos convencidos, también, de que si dos abogados se unían, de ahí sólo podrían salir trampas y mentiras, atajos e incisos que los beneficiarían a ellos y a sus representados, y si dos gerentes se encontraban, de su encuentro sólo saldrían ideas para multiplicar sus ganancias, sin importar a cuántos tuvieran que oprimir y pisotear. Con el tiempo, los abogados y los gerentes se multiplicaron para hacer más fuerte y poderoso su sistema, el sistema, y mientras más fuertes se hacían, más apretaban el nudo en torno de los poetas hasta casi extinguirlos.

A algunos de los que quedaron los estigmatizaron. Los llamaron locos, zurdos, alcohólicos o subversivos, y así les restaron toda credibilidad. A otros los persuadieron de que su sistema era el camino a seguir, por su bien. Los convirtieron en gerentes y abogados, y los convencieron de disfrazar sus nuevos oficios y sus nuevas tareas con uno que otro poema. A cambio de las viejas luchas, les dieron premios, viajes, congresos, los sacaron en periódicos y revistas, y les asignaron un salario. Les insuflaron credibilidad ante sus lectores. Ellos, subidos en sus pedestales, cayeron en la tentación de las vanidades, y dijeron y escribieron lo que le convenía al sistema. Fueron los portavoces intelectuales de la historia oficial. Y así dejaron de ver la muerte y así dejaron de sentir aquel viejo miedo, que era miedo, pero era motivación y vida e impulso.

 

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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