Nos imaginamos unos a otros y entre todos desde nuestras realidades, desde ese mundo al que nos llevaron decenas de rostros hoy borrosos, rostros y libros y canciones y películas, que fueron una infinita sucesión de verdades.
Fueron verdades las lecciones de nuestros padres pues ellos eran la verdad, y fueron verdades los dogmas de nuestros profesores, y lo que decían la radio y la televisión y lo que imprimían los periódicos y los libros, y fueron verdades las canciones y lo que decía un viejo sabio en una película. Y esas verdades nos forjaron, y nos forjaron el barrio y la escuela y el pueblito al que íbamos de vacaciones cada fin de año, y lo prohibido y lo aceptado y lo santo. Aquellas dosis de verdad crearon nuestro gusto, y nuestro gusto se convirtió en un parámetro, y según ese parámetro comenzamos a ver a los otros.
Nos imaginamos al otro desde nuestra visión, desde nuestro pasado, y sus cualidades o virtudes no son suyas: nosotros se las pusimos. Sus gustos y sus razones no son suyas, nosotros se las inventamos. Cuando nos atacó el virus de la envidia, vimos envidias por todos lados, envidias a borbotones, multiplicadas, acechantes, hirientes. Cuando nos atacó el de la bondad, la humanidad toda fue bondad, o, por comparación, maldad absoluta. Pero la envidia, la bondad y la maldad surgieron de nosotros y de tantas y tantas verdades añejas que no supimos destrozar y construir a nuestra manera. La envidia, la maldad y la bondad las sentimos, también, porque nos las nombraron. Con una palabra o tres las encasillaron, las encasillamos. Les pusieron y les pusimos límites, y a aquellas vagas sensaciones que nos corroían o hacían volar, y que no entendíamos, las sellamos, como en una notaría. Esto es la envidia, esto es la bondad, esto es la maldad, y esto es el amor.
Nos la imaginamos a ella y, a veces, hasta nos enamoramos de ella desde nuestra imaginación, y llevados por el delirio le escribimos cosas como “te presento en el filo del amor, en el último girón, en el fondo de un cajón; te presiento poema y confusión, futuro y comunión, guitarra y confesión”, sin comprender que ella jamás fue ni poema ni canción ni guitarra, y, menos, confesión. Luego nos decepcionamos y pusimos nuestros acentos en su culpa, cuando debimos habernos decepcionado de nosotros, porque fuimos nosotros quienes la imaginamos e inventamos, y quienes no aceptamos, después, que el día a día, el hora a hora, nos mostraran cuán ilusos habíamos sido. Nos imaginamos unos a los otros. Al callado lo asumimos como profundo; al dicharachero, como alegre; al perspicaz, como inteligente, y todos bailamos un eterno baile de equívocos y suposiciones en el que la música es la locura y nosotros mismos somos parte de nuestra imaginación.