El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Indicios

06 de diciembre de 2014 - 08:12 p. m.

Corrían y corrieron los indicios. Se mostraron, brillaron, se atravesaron en nuestras miradas y por nuestras conversaciones y gritaron, pero no los vimos, o no quisimos verlos.

PUBLICIDAD

 Nos lo dijeron todo. Fueron, incluso, indicios de ellos mismos: indicios de los indicios. Pero los ignoramos porque era y fue preferible aferrarnos a las ilusiones. Porque era y fue preferible engañarnos. Era más romántico, por ejemplo, perdernos en una mirada que brillaba y creer que esa mirada nos llevaría a otros planetas y suponer que era una mirada de amor, a pensar en la posibilidad de que el brillo de aquella mirada era brillo de inseguridad, de miedo, de sueño loco, y que con el tiempo, ese sueño loco podría convertirse en una obsesión que nos arrastraría por abismos y peñascos. Una mirada trastornada de quien buscaba a cualquier precio un romance que era la salvación de sus infiernos, fue una mirada de ternura para nosotros. Y la locura la vimos como interesante, cuando era el comienzo de una pesadilla.

Como diminutos hombrecillos, los indicios levantaron los brazos y los agitaron. Dijeron sus verdades. Señalaron algún leve temblor de manos, un rubor, algún gesto involuntario. No los vimos. Ni siquiera nos dignamos observarlos. Luego, con los hechos consumados, vinimos a comprender que el vestido que nos mostraron, unos zapatos, el modo de comer, la manera de caminar, eran indicios. Hablaban de barrios, de educación, de costumbres, de ancestros, de intereses por la moda y la moda como un dejarse llevar por la mayoría y por las imposiciones de la televisión, o como una reacción. Hablaban de gustos heredados y compartidos, de llamar la atención de los otros, más que de sentirse bien consigo. Luego, con el diario del lunes en la mano, vinimos a saber que aquel mirar de arriba abajo a un mesero o al portero, que aquel cerrársele en la calle a los demás, que aquel colarse en las filas del cine, eran síntomas de alguien que se consideraba más y mejor que los demás, y que terminó pasando por encima de los demás. Supimos que más allá de lo que decía un grito había un complejo, y que los reclamos y las rabias solían ocultar algo más que una simple intransigencia.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
Conoce más
Ver todas las noticias