Todo es humano, demasiado humano, dijo el filósofo, repitiendo la palabra humano para ponerle un acento al demasiado, porque somos demasiado humanos, y por lo mismo, demasiado ambiciosos, demasiado rencorosos, vanidosos, mezquinos, y mentimos con absoluto descaro para que no se noten nuestros demasiados, y seguimos así, engañando y engañándonos, creyendo en viejas teorías y en más viejas instrucciones, o creyendo que creemos. Seguimos así, repetimos en vez de crear, y repasamos en lugar de pensar. Lustramos las páginas de los antiguos manuales y llevamos por bandera los Se hace así, Se dice así, Se escribe así, esto es Bueno, y esto otro, Malo. Perdimos la pasión por la búsqueda y tiramos en un rincón la dignidad de ser capaces de vivir a nuestra manera.
No hay Hechos, hay versiones. No hay Literatura, hay escritores. No hay Periodismo, hay periodistas. No hay Amor, hay amantes. No hay Felicidad, hay felicidades. Los absolutos fueron la invención de unos cuantos personajes cuyo fin fue, es y será, dominar a los ingenuos, volviéndolos obedientes, y convencerlos de que las cosas hay que hacerlas de una manera, Su manera, de que hay dioses, sus dioses, y de que el único sistema que funciona es el que ellos han puesto en práctica, y por el cual han adquirido su poder. Con la creación del primer absoluto, otros cuantos personajes se inventaron otros tantos absolutos que provocaron las primeras grandes divisiones. El poder era el gran objetivo de unos y otros, y por el poder valían todos los medios, empezando por el engaño, que se valió de religiones, patrias, razas y sistemas políticos para convencernos de que valía la pena luchar, e incluso, morir por esas razones.
Los absolutos eran y son la Verdad, la más profunda y temida de todas las armas. Para tener esa gran verdad, y sobre todo para difundirla con mil conveniencias de por medio, los herederos de aquellos cuantos personajes que crearon los absolutos compraron todos los medios de comunicación que pudieron: periódicos, radio, televisión, cine, música. Por todas las vías, nos bombardearon con sus verdades, o mejor, con las viejas verdades que surgieron de los primeros absolutos. Impartieron la doctrina de que había un Amor, una Literatura, un Periodismo, unos hechos y etcétera, y nos metieron a todos en la misma bolsa, para que pensáramos y actuáramos igual, y compitiéramos y nos matáramos entre nosotros con el único fin de proteger sus verdades.
Fuimos herederos. Creímos, pues siempre fue más fácil creer que dudar. Nos acomodamos y exhibimos con orgullo la etiqueta que nos colgaron, y etiquetamos al otro como amigo o enemigo según su patria, su bandera, su color, su dios o su sistema político, y últimamente, según su sexo, sin pensar que ese otro era tambien un heredero de absolutos, es decir, un repetidor. Por defender nuestra etiqueta, matamos y linchamos, y luego justificamos una a una todas nuestras atrocidades, ante la mirada irónica y el tibio aplauso de los creadores de nuestros absolutos, que al final, con mil discursos de por medio y actas de jurados, nos premiaron con una medalla de hojalata para que volviéramos a matar y a linchar y nos convirtiéramos en un ejemplo de humano y de humanidad a seguir.