Instinto, pasión, locura. Desde hace años, y cada vez más, el fútbol se ha ido transformando en un reflejo condicionado para los colombianos.
Y en una manera de ser. Desde la escuela, el niño es más niño, “y más hombre”, como se lo repiten sus mismas madres, si juega al fútbol. Si en una pelota dividida deja el alma y sale victorioso. Si anota el tanto de la victoria en un picado cualquiera de miércoles al caer la noche. Si luego del partido llega a la casa sangrante, adolorido. El niño es más niño, “y más hombre”, si deja en ridículo a sus rivales con una pirueta o si, viveza de las vivezas, con una trampita engaña a las autoridades y desarma al contrincante. La ley del vivo. La ley del “avispao”, la ley del “macho”. La ley de los sin ley, todos, que se aprende en la calle y en el barrio.
La ley del “valiente” que se olvida de que el tipo que está frente a él es un ser humano, y sólo porque se lo encontró en una cancha de fútbol lo masacra. “¿Cuántos quebrados llevas, parce?”, le preguntarán. “Como cinco o seis, ya perdí la cuenta”, responderá él, orgulloso, como aquellos viejos pistoleros del Oeste que señalaban con muescas en sus revólveres los muertos que llevaban encima. Un “quebrado”, para él, nunca será un ser humano con pasado, familia, presente, hijos y futuro, no. Será “un hijo de perra al que había que partir”. En síntesis, un enemigo de guerra en un espiral de guerra.
Porque el fútbol es una guerra, dirá él. Y como guerra, hay que matar o morir. Se lo repitieron en la escuela y los adultos en la calle y el técnico que lo tuvo bajo su tutela alguna vez. “Hay que entrar armado”, “hay que hacerle sentir al otro el rigor”, “no se deje”. Fútbol, guerra, brutalidad, humillación, ganar al precio que sea, hombría, hombría, hombría. “Cómo metiste, cómo corriste, qué garra”, son los mayores elogios. Nunca “cómo jugaste de bien”, “qué valentía tuviste para pedir siempre la pelota, para arriesgar”, “qué buenos pases hiciste”. Y menos aún, “qué limpio fuiste”. El instinto del fútbol se fue convirtiendo en el instinto de Colombia, o tal vez viceversa. Más que sutileza, fuerza; más que fuerza, atropello; más que atropello, crimen, sin espacio ni tiempo para el juego, pues el juego, en últimas, jamás hizo parte de una sociedad en la que vivir o morir es casi indiferente.