Hoy me recuerdo como si jamás hubiera sido aquel que se miraba al espejo y apenas veía una masa informe con la piel blanca, enfermamente blanca, textura de cocodrilo y los ojos hinchados. Me recuerdo en los últimos años del colegio, oyendo gritos que llegaban de todos lados, que bajaban de las nubes y salían del piso, gritos lentos, densos, hirientes, que se repetían una y mil veces, “más rápido, corre, corre, más rápido, tortuga”. Me recuerdo siempre llegando de último. Me recuerdo en las tardes, mirando por una ventana a lo lejos, buscando la nada, soñando con ser aquel personaje de Hamsun que vivía para escribir una historia, y después la cobraba y en la noche se emborrachaba. Me recuerdo inconcluso, queriendo responder las preguntas que me hacían, pero sin encontrar las palabras precisas. Me recuerdo pesado, cansado y hastiado, buscando un rayo de sol al mediodía para verme y sentirme con vida.
Me recuerdo un mediodía ante un doctor que me tocaba la garganta y decía, Mañana usted va a ser otro, y me recuerdo en la tarde de aquel mediodía ante una enfermera que me clavaba una infinita aguja con un líquido que decía tiroxina y que luego se retiraba, entre sonriente y feliz de haber terminado su turno. Me recuerdo esa noche, empapado en sudor, y más noche, corriendo por los pasillos de un hospital como no había corrido en más de cinco años. Me recuerdo descalzo, acelerando y frenando, entrando después a mi habitación a trompicones y brincando a la cama. Y de la cama al piso y del piso a la cama. Me recuerdo cambiándome de pijama una y otra y otra vez, y exprimiendo las usadas como traperos en medio de la lluvia. Me recuerdo horas más tarde, de madrugada, absorto ante un espejo y casi sin reconocerme, ya sin la vieja piel de cocodrilo y con los ojos muy delineados.
Me recuerdo cantando y descubriendo que me cambiaba la voz, do-re-mi-fa-sol. Me recuerdo a las ocho en punto de la mañana, mirando hacia la puerta que se abría, y viendo a mis hermanas con rostro de absoluta incredulidad. Me recuerdo dos días después, contándoles a estudiantes de medicina cómo había sobrevivido a mis tiempos de cuasivegetal, y me recuerdo, pasados tres días, oyendo a través de una puerta al doctor de antes decirle a alguien que yo había vivido mi adolescencia en una noche, y que tal vez necesitaría una vida para ser adulto.