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La espada de los cruzados

12 de noviembre de 2011 - 08:00 p. m.

Desde que tuvo memoria recordaba a Joaquín F. Vélez como un hombre grande e importante con ademanes de General de mil soles.

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Cuando escuchaba detrás de las puertas armaba su propio perfil de él, un perfil no muy lejano de la realidad en el que se conjugaban la rectitud insobornable, la pasión política, la amistad y el respeto hacia Rafael Núñez y la acritud de su carácter. Era lo más cercano al espejo en el cual deseaba reflejarse. El tío Joaquín F. lo sabía todo y todo lo podía. Incluso había llegado hasta el cariño con él una tarde en la que llegó a su casa con una maleta cargada de regalos comprados en Europa.

Don Carlos jamás olvidaría que la sesión de entrega la inició entonando un himno de guerra de los tiempos de las Cruzadas. Había puesto cara de solemnidad, una mano sobre el corazón y la otra en la espalda. Fue en aquel instante el niño más feliz de la tierra, y no pudo contener un grito y un abrazo “con la fuerza de los cruzados” cuando vio a Joaquín F. adelantar una pierna para colocarse en posición de espadachín, y después, cuando lo observó sacar su mano escondida empuñando una espada de acero labrada con el escudo de la familia Vélez, un hermoso castillo plateado sobre fondo rojo que representaba la nobleza y el linaje.

El tío lo tocó en el pecho con la punta del arma y le dijo “touché”. Fue entonces cuando le entregó la espada y le explicó que ese escudo era la gloria de los Vélez, por la que habían dado su vida varios guerreros y caballeros en sangrientas batallas por los condados de Alcántara, Gijón y Oviedo. Por eso ahora le dolía tanto que lo hubieran acusado de traicionarlo.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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