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La sospechosa

28 de enero de 2017 - 09:00 p. m.

Pero era vil lo que pensaba. Un secuestro, nada menos. Secuestrar a su amante, Adolfo Méndez, y vengarse así de su esposa.

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Era vil, y su vileza, si la descubrían, les daría la razón a las señoras esas que solían señalarla como si fuera una tal por cual que les iba a robar sus maridos, porque ella intuía que todo tenía que ver con ese asunto, el de los esposos, la fidelidad, la querida, en este caso ella, y una buena cama a cambio de sus besos y caricias, como si fuera una vulgar prostituta, por eso se cuchicheaban las unas a las otras con odio cuando la veían pasar y se codeaban, como si ella no las viera. La primera era la esposa de Adolfo. Por eso imaginaba y no dejaba de imaginar la cara que pondría cuando la llamara para cobrarle una recompensa por su esposo. Cuando le dijera que era ella, Lucrecia, la secuestradora.

Diría, gritaría, ¿viste?, yo tenía razón, la mujerzuela esa vino acá a despellejar a los hombres, los alternó en la cama con sus dudosos atractivos, porque ni siquiera bonita es la condenada, y peor que eso, les clavó una cuchillada y se largó con sus buenos fajos de billetes, cuaaaaa, brrrr, cuaaaa, brrrrrrr. Pobrecita, pobres cacatúas, murmuraba, con razón sus maridos la buscan a una.

Se rio. Cruzó la plaza principal, se limpió el vestido y llegó al mercado. Saludó como de costumbre, sin darles demasiada trascendencia a los murmullos y las caras agrias que le devolvieron. Faltaba el rutinario silbido de algún grasoso, gracioso y sediento vendedor de pescado y el respectivo y maloliente piropo que llegaba enseguida. Se extrañó. Supuso que el piropero de turno estaría vigilado por su mujer, pero a la vuelta de un corredor, y ante la puerta de su morada, vio y oyó el barullo de unos policías y demás. Ya no tenía tiempo para devolverse.

Todos callaron cuando se acercó. La condenaron con sus miradas, la escupieron con sus muecas. Uno de los policías la tomó del brazo, fuerte. Empezó a decir que todos los asesinos retornaban al lugar de los hechos. Como por seguir las instrucciones de algún antiquísimo manual que ya casi había olvidado, el agente le preguntó en dónde había estado a las siete de la mañana. Estaría en alguna calle del centro, camino hacia acá. ¿Hay alguien que pueda corroborar esa información? No sé, la gente que me vio andar, supongo. ¿Nadie más?, ¿iba con alguna persona? No, sola, pero excúseme, ¿me podría decir qué es lo que pasa?, ¿cuál es el cotilleo? Lo que pasa acá es muy claro, señorita, usted es la principal y única sospechosa hasta el momento del asesinato del doctor Adolfo Méndez. ¿Adolfo? ¿muerto?, pero si yo… Como lo oye, señorita, y es mejor que no se me haga la distraída.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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