Lo investigaron, lo detallaron, lo persiguieron y una tarde después de tantas otras tardes, se lo llevaron a empujones y patadas y lo subieron a un carro sin destino.
Le taparon los ojos, lo golpearon una y mil veces más para que no preguntara pues ellos no sabían nada, para que no protestara pues ellos no sabían nada, y luego de cuatro horas de camino, de vueltas y vueltas, lo arrojaron en un húmedo calabozo.
Desde allí, hecho piltrafa, sangrante, mareado, oyó los pasos de los matones cuando se marcharon, y oyó después otros pasos menos toscos que se le acercaron. “Tome agua”, dijo un hombre de uniforme verde. Él bebió. Lloró, rasguñó el suelo de cemento armado, suplicó en tono bajo, recordó.
A la mañana siguiente el hombre de verde le arrojó un periódico. La primera plana anunciaba que el Ejército Nacional había aprehendido a uno de los líderes de la guerrilla, a quien conocían los servicios de inteligencia como el seminarista. Había una foto del hombre y datos dispersos sobre su rol subversivo, un organigrama y declaraciones de un general sobre la importante labor de los militares tanto en la búsqueda como en la captura del “terrorista”. “No sé quién es este hombre”, dijo Ernesto. “No se haga el imbécil que lo levanto”, le respondió el agente. “Tendremos tiempo, mucho tiempo para charlar”, le dijo antes de irse.
El tiempo fueron días y semanas y meses. Abogados, dinero que no tenía, préstamos, la familia destrozada, el futuro hipotecado. La libertad hipotecada y un juicio infinito. Él era inocente, se habían equivocado de sospechoso, decía y gritaba. Sin embargo, la equivocación había sido del Ejército, y el Ejército era todopoderoso. Infalible, decían. Cuando lo declararon inocente, lloró de nuevo, pero era un llanto distinto. De amargura, de decepción, de todo es mentira, de la patria es mentira, de no hay justicia, de por lograr un ascenso, un triunfo, cualquier método vale.
Dos días después de su liberación recibió una llamada anónima. Un hombre con voz de mando le sugería que no hablara, que no contara su historia, que el alto Gobierno se lo iba a “agradecer”.