El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Mantenga la calma

05 de diciembre de 2011 - 06:00 p. m.

Nadie se queda encerrado dos veces en el mismo ascensor, eso fue lo que le dijo su novia cuando él le contó, le relató, que había permanecido atrapado en un elevador algo más de 45 minutos.

PUBLICIDAD

Todo fue casi que presentido, pues las primeras veces en las que se subió al aparato ya le había parecido muy viejo, oxidado, con los espejos manchados, sospechosamente manchados, y los movimientos, bruscos. Se demoraba más de lo debido en cada parada, los números de los pisos titilaban sin sentido y las puertas se abrían a los trancazos.

Él pensó que se podría morir si aquella caja se averiaba, y para no pensar más, pues pensar le aceleraba las pulsaciones, leía una tarjeta, las instrucciones para salir de allí en caso de emergencia o uno de los letreros que anunciaban la presentación en el hotel, todas las noches, de los Superhéroes de la risa, Alberto “El caballo” Rojas, como Batman, Luz Edith, como la enfermera, y Pepe Magaña, como Supermán. Cuando ocurrió lo que tanto temía, pasó de un ataque de pánico a otro y timbró en una campanita roja mil veces, pero nadie lo escuchó.

Se sentó en el piso. Miró su reloj. Gritó. Leyó, como poseído, que en caso de emergencia había que mantener la calma. Lo que siempre decían esos letreros, y de lo que él solía burlarse, ahora le ayudaba. La calma era el imperativo, y leer la simple palabra lo tranquilizaba. Sin embargo, con el silencio y por el silencio volvía a la angustia. Estaba en el 9º piso de un hotel en el centro de una ciudad, Guadalajara, de la que no conocía nada y en la que no conocía a nadie. Ni siquiera podía marcar un número de celular. Por eso timbraba y gritaba. Nada.

De repente, luego de haber oprimido cualquiera de los 27 números de la muestra de pisos, la puerta se abrió. Él salió a toda prisa. Estaba en el piso 17, a nueve de su habitación. Bajó por las escaleras, medio feliz por haber vuelto al mundo, medio molesto con ese mundo. Al abrir la puerta de su cuarto, la 980 del Hotel Aranzazú, pisó un sobre blanco con un logo verde en forma de A. Lo levantó y sacó una hoja en la que le pedían encarecidamente no tomar el ascensor del costado sur, pues se encontraba “En vías de reparación”.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias