Quiero ser un hombre inconcluso, y dejar mi final a la imaginación de los que se atreven a imaginar. Abandonar sobre la mesa todas las noches un texto sin terminar, levantar la aguja del tocadiscos en una canción por la mitad, y largarme a cine para salirme del teatro antes de que se acabe la película. Quiero imaginar yo los finales, todos los finales, y convencerme de que no hay buenos ni malos, mejores ni peores, sino seres humanos, tan inconclusos como yo, tan yendo a ninguna parte como yo.
Quiero por un día dejarme vivir. Que se desboquen los relojes y se venzan los plazos de las cuentas del agua y de la luz y de los trabajos por entregar, echarme las cobijas encima y apagar el celular. Quiero a la mañana siguiente caminar sin rumbo unas cuantas horas, subirme al primer bus que pase, bajarme cuando lo haga una señora de rojo o de verde, ya veré, y repetir la escena seis o siete veces, y si en todos esos trayectos alguien me pide algo, responderle como Bartleby, preferiría no tener que hacerlo.
Quiero entrar al primer hotel que encuentre donde sea que haya llegado, y preguntarle al primer huésped con el que me tope si querría ir a una fiesta con las personas más aburridas del mundo, o con las más mentirosas, y quiero organizar esas fiestas, embeberme de aburrimiento y de mentiras e irme antes de que todos se hayan marchado. Quiero ser inconcluso, levantarme todas las mañanas para empezar a concluir un párrafo y verme ahí aunque yo no esté. Ver cómo se transforman las palabras que elegí, y cómo las ideas y los personajes toman su propio rumbo sin llegar a ninguna parte.
Quiero ser como este texto, y que este texto comience realmente cuando salga impreso. Que viaje y se meta en miles de rincones escondidos, que sea una cuchillada, o al menos, un dulce dardo. Que se multiplique y se esparza y sea uno distinto para cada quien, como casi todos los textos. Quiero, en fin, que este texto seas tú para que no concluyas jamás.