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Mi confesión

07 de septiembre de 2013 - 06:00 p. m.

La verdad es que ya ni siquiera aspiro a que usted me dé una bendición, reverendo.

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Vengo a confesarme con usted  para quedar en paz conmigo misma, si es que puedo encontrar esa paz, no para llegar al cielo ni para que usted me diga que caí en pecado y me condene al infierno, con sus infinitas llamas y sus demonios. No le voy a decir que caí en la tentación, porque no fue así. Lo que usted llama tentación, yo lo fui construyendo día tras día, desde que nació mi hijo, Saúl, hasta que cumplió 16 años y lo acosté conmigo en mi cama y le quité la ropa y me la quité yo. Esa noche no hubo tentaciones. Hubo, si lo prefiere, un largo proceso meditado que surgió de comprender y padecer el mundo de los hombres, usted incluido. Ese mundo arrogante que requiere de siervas como yo.

Fui una sierva desde que nací. De mi padre, de mis hermanos mayores, de los maestros, de mi primer novio, del muchacho que me dejó embarazada y de mis jefes y profesores. De Dios, de sus discípulos y de usted, que se pavoneaba por la vida como si en realidad estuviera tocado por la varita de la Verdad y la Bondad. Tuve que obedecer siempre. Honrar a mis padres, a mi padre sobre todo. Amar a Dios sobre todas las cosas, óigalo bien. Sobre todas las cosas, ¿lo entiende? ¿Por qué debía amarlo de esa forma? Porque era Dios. Dios hombre, Dios eterno, Dios. ¿Para qué? Para poder estar a su lado algún día. Cuando yo comprendí semejante soberbia, acababa de terminar el bachillerato. Me callé entonces y me he callado durante todos estos 20 años.

Ahora vengo a confesarlo, pero no para que usted me perdone, no, ya se lo dije. Sólo quiero que me escuche. Que sepa y sufra que desde niña mis únicas opciones eran casarme o ser monja. Y si quería tener mi propio dinero, dar clases de algo o, a escondidas, venderme a los altos representantes de nuestra sociedad, o sea, a usted, los banqueros, los políticos, los militares, o en dos palabras, los hombres. Deseché todas esas opciones. Por venganza, si quiere. Por convicción, por rebeldía, por ira. Estudié más que nadie, trabajé, seguro también más que muchos, y de esa manera me independicé de ustedes y de sus mandatos. Decidí ser inteligente, pues la inteligencia me daría libertad, pero quedaba el amor. Eso que llaman amor.

No le voy a negar que me hacía falta. Que soñaba con un hombre, que envidiaba a otras mujeres. Sin embargo, eso, un hombre y el amor, habrían sido la esclavitud. Cadenas, pues, como decía un filósofo, las cadenas más fuertes provienen de los más poderosos amores. Por eso, por todo eso, desnudé a mi hijo y hasta tuve un hijo con él. Mi nieto es mi hijo, sí, y yo soy su madre y su abuela.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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